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宮島 Miyajima

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Miyajima aparece en el horizonte despacio, al ritmo pausado
del ferry, deslizándose sobre el mar. Miyajima es una montaña sobre el mar. Es
el verdor que asciende desde la costa que se perfila a lo lejos. Es mar.

Ahora los pasajeros se arremolinan en la borda, yo con
ellos, entre sus palabras ininteligibles, frente al viento que viene desde más
allá de mi mirada, de todas las miradas. Casi frente a nosotros, contra el viento, un torii rojo
parece flotar sobre el mar. Risas, fotos, risas, palabras que no entiendo. Un
milano flota, flota él sí, sobre el viento, junto a nosotros en un silencio
ligero, puro. El torii se agiganta mientras va quedando a estribor. Más risas,
más palabras, más fotos apresuradas. El milano ya no está aquí. El viento, sólo
el viento que riza la espuma del mar.


ese milano
mirando, mirando…
dejándose llevar

Cuando desembarcamos la algarabía de gente que va y viene de
un lado a otro en el puerto apaga el rumor del mar. Un poco más allá unos
ciervos sestean bajo la sombra de unos arbolitos. No sé si acercarme. Son
ciervos salvajes. Lo dice el folleto que acabo de recoger. Ciervos salvajes que
comen ropa y souvenir. Y folletos.

Me acerco cauteloso a
uno de ellos. El olor a almizcle me sorprende mientras esa criatura salvaje me
mira sin parpadear, me mira como sin mirar. Pareciera que mira a otra parte
este misterioso animal que huele a almizcle. En sus ojos tan quietos el sol de
la tarde brilla un instante, gira la cabeza y se lame el lomo.

Caminando hacia el santuario shintoista de Itsukushima,
bordeando el mar, nos hacemos fotos con los ciervos. Como niños que juegan sin
pensar en nada más, tan seriamente, tan sorprendidos, nos acercamos a los
ciervos. Reímos, hacemos fotos.

-Un poco más. A la izquierda, no tanto, a la derecha.
Cuidado que se asusta. Ahí. Patataaaa.

Y reímos. Y seguimos nuestro camino. Y un momento, sólo un
momentito, vuelvo la cabeza hacia poniente.


baja la marea,
el olor a almizcle
en el ciervo que me mira

Un enorme torii gris abre una avenida flanqueada por
esculturas magníficas. Una multitud viene y va. Pero un poco más allá la
pequeña playa de Mikasa.

La suavidad de la arena lavada por el mar se enreda entre
mis dedos que tocan esta infinitud. Va y viene la multitud de conchas y pedazos
de conchas, de algas y retazos de algas. Aquí, al borde de mis pisadas, las mil
formas de caracoles rotos entran y salen de mis manos abiertas.

En cuclillas sobre el afilado borde el mar que viene y va
contemplo el brillo verde de las algas que flotan a dos centímetros del fondo
junto a las hojas rojas de momiji. Levanto la vista.


la bajamar,
en los pilares del torii
se ven las lapas

No puedo resistirlo. Me descalzo. Los calcetines en las
zapatillas y las zapatillas en la mano. Y el paraguas colgando de la mochila. Y
la mochila de mi espalda que camina sobre mis pies. Descalzos. Descalzos donde
acaba mi sombra. Todas las sombras. El brillo del sol de la tarde es ondas que
rodean mis pasos. Descalzos.

Frente a mí el torii. El enorme torii rojo que parece flotar
sobre el mar. En la isla que es un verdor repentino que asciende desde la
superficie azul.

Camino hacia él.

Camino con los pies desnudos sobre losas cubiertas de
verdín, de conchas, de agua que va y viene.

Los milanos vienen como las olas. Trazan círculos en el
cielo de la tarde. Y se van. ¿A dónde? A dónde van y de dónde vienen estas
criaturas, también salvajes sin duda, que no huelen a nada, que apenas son
nada, una silueta, un trazo, que gira sobre mí y mis pensamientos, y se va con
el viento. ¿A dónde? A dónde…

Y yo. Yo con los pies en el agua y las zapatillas en la mano
miro y miro. Trazando círculos con mi mirada. Guardando silencio con mi
corazón. Mi pobre corazón. Que va y viene. Con las olas. Con este rumor que
apenas es nada…

Uno de ellos, un milano, oscuro cada vez más en la tarde que
se va, bate las alas sobre el camino que recorrí y más allá, sobre el templo de
Senjokaku, vuelve a batirlas, no sé por qué. Y después se pierde, su silueta,
mi mirada, más allá de los cinco pisos de la pagoda junto a Komyoin. Y más allá
nada ya. El cielo. El cielo vacío. Puro.


a cada paso
el agua sobre las conchas
más tubia

Aquí cerca, entre mis pies, cerca, muy cerca, las conchas
son cangrejos. Se mueven. Sí, se mueven. Ahora los veo. Casi a ras de agua,
siendo apenas nada sobre la marea lo puedo ver. Veo como se mueven y trazan
surcos diminutos en la arena.

Qué blancos mis pies. Qué blancos mis dedos que juegan a
enterrarse como caracoles en esta arena bajo el mar.

Qué blanca es la palma de mi mano que sostiene ahora un
cangrejo ermitaño que se esconde. Que ya no está. ¿Caracol? ¿Cangrejo? ¿Concha
vacía? Sólo la paciencia me lo dirá. Sólo la paciencia. Sólo contemplar…

…Miyajima. Montaña sobre el mar. Verdor que asciende en
algún lugar del horizonte. ¿Eres mar? ¿Eres montaña? ¿Eres un milano que vuela,
y traza círculos sobre algo que desconozco?

Sobre la palma de mi mano siento un cosquilleo. Un cangrejo
ermitaño asoma tímido en una concha vacía de un caracol marino.

Me agacho. Lo dejo de nuevo en el mar. Y otra vez vuelve a
ser un misterio.

Frente a mí el gran torii rojo. Un milano se ha posado en
una de sus esquinas. Sobre la superficie del mar otro torii rojo yace reflejado
a mis pies. Y un milano quieto.

El sol  cae sobre la
bajamar.

Toco el agua que se mueve apenas sin moverse entre mis pies,
transparente, llena de algas, de hojas, de conchas. Vacía. Luz.

Camino. Camino sobre la bajamar, dejándome llevar con el mar
que se va. Dejándome arrastrar en el atardecer hacia esa puerta roja abierta al
infinito. Un paso, un paso más. Y otro. Cada vez más adentro en el mar. En el
atardecer. En su luz.


descalzo en el agua…
contemplar el torii
con las manos abiertas


そこはかとない sokohakatonai

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Se hallaron el uno en el otro, y la muerte dejó de darles miedo.

                                             Recopilación general de la era de la paz universal. Li Fang 977

 

Y una rama de chopo hendía el espacio, el aire de la tarde, deshaciéndose en noche. Y entre la hierba, invisible, un grillo cantaba.

Son apenas aire los dedos, tan finos, que rozan el alma tersa de las hojas que mueren doradas en otoño. Que recorren la suave corteza del blanquecino tronco, desnudo, que apunta al cielo. Aire son, apenas nada, las palabras que vienen entre la brisa de la tarde, que son risa en la brisa de esta tarde que se va y se hace noche.

Y un viejo pino aguarda en silencio la bruma de la mañana, para desaparecer, para hacerse nada.

 

Contemplo hoy los tejados que blanquean ligeramente. Esta nieve efímera que no vi caer, que se detuvo aquí esta noche y ahora se va entre la tibieza de mi mirada. Un trino, su gorrión después, y unos pocos saltos justo al borde del alero. Imagino sus huellas diminutas, efímeras como la propia blancura que las sustenta, aquí y allá, como sin dirigirse a un lugar concreto. Una pizca de nieve cae desde el alero. Sin ruido. Casi inmediatamente se hace agua sobre la acera. El gorrión vuela. ¿A dónde?

Y desde el este vendrá, como el sol, a caminar descalza sobre la nieve, a convertir el frío en agua, la luz que se detiene en mis ojos, la voz que, tan tibia, susurra palabras que son risa entre las hojas que caen. Sin miedo.

 

He tocado con la punta de mis dedos este puro instante en el que el primer copo de nieve comienza a caer desde las nubes que pasan. Este instante, tan blanco, en el que mis ojos muy abiertos no saben qué decir. Y esta nieve, tan fina como dedos que acarician, se posa en mi piel, aquí y allá, como diminutas huellas que no se dirigen a ninguna parte. Un copo, y otro, y otro, y ya son agua todos ellos. Agua. Una huella húmeda, fresca. Nada. Ya nada.

Toco mi pelo y la blancura se hace agua sobre mi mano. Sobre mi mano en la que siguen cayendo lánguidamente los copos. Uno, otro, y otro. Mi mano mojada que sostiene pura nada.

 

Aquí, ahora, en el fin del mundo, con el miedo hecho añicos sobre mi mano, siento el roce de tus dedos que tocaron mi alma que moría como una hoja dorada en otoño. En este instante, tan puro, en el que el silencio de tus ojos se posa en mí, y todo mi cuerpo se estremece como pasos descalzos sobre la nieve, y mi yo, y mi mundo, tan blanco, se hace nada en tu mirada. Nada ya.

Ahora, aquí, acaba la tierra en el acantilado mismo de tu voz. La brisa es tu risa, como olas, entre las agujas de un viejo pino, que atraviesan esta noche esperando hacerse nada en la bruma de la mañana. Sin miedo.

Tan sólo en el borde mismo de tu alma hallé yo mi alma, y bastó el sólo roce de uno de tus dedos, tan finos, para hacerme lo que soy, lo que siempre fui.

Tan sutil, tan impreciso… ¿Quién, qué, en mis ojos se hace agua, cristalina, vacía? ¿Qué, quién, palpita tibiamente con un puro destello que se hace nada sobre tu mano?

 

apenas cae

y ya es agua la nieve

sobre mi mano

 

      
                  

日向ぼっこ hinatabokko

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Es casi sin pensar. Casi sin pensar mi dedo que no piensa recorre la arena del suelo y traza casi sin trazar líneas que van y vienen y giran, y giran. Miro. Sí, una línea horizontal que gira hacia arriba, y luego otra, y otra al otro lado, y otra… Líneas que son ramas, ramas que crecen más allá de la arena tibia que surca mi dedo.

Casi sin pensar oigo el murmullo de un río que pasa lánguido bajo las ramas de un abedul que aguarda. Y oigo sin oír sus pequeñas hojas que caen en el agua, casi sin ruido, sin pesar alguno.

 

Extraño este veranillo de San Miguel. Sin vencejos en el cielo y con la tibieza de un sol de otoño. Los vencejos… un día están, otro día no están. Pero nunca se están yendo. Ni siquiera me daba cuenta y ya el cielo se vaciaba de sus sombras y sus gritos, ni siquiera pensaba que el verano se deshacía entre sus alas y aquí el otoño venía con su tibio sol de membrillo.

Tan extraño me siento caminando bajo la sombra de los castaños de indias y sus hojas como manos abiertas. Extiendo mis dedos bajo sus dedos. Mi mano bajo su mano de sombra. Siento su frescor leve sobre mi piel. Miro las hojas que amarillean. Primero las hojas más alejadas del tronco, de las ramas más gruesas, de las más delgadas. Y en cada hoja comienza por los bordes este amarillo que luego será dorado y bronce y luego aire. Extraño este orden preciso de lo que se va. En mi mano el frescor de esta sombra que se va, que ya se está yendo, se siente más intenso.

 

Sin recordar apenas recuerdo las gotas de lluvia que casi no eran lluvia ya, resbalando por estas mismas hojas, quizá por estas mismas, quizá no. Las gotas que fueron nube allí, más allá del verano y su cielo azul, aquella nube, primero la más cercana, que se hizo lluvia y la lluvia gota y la gota aire.

Sin apenas nada tengo aún el olor de aquella lluvia entre mis dedos que tocan el aire tibio de otoño. Y este aire como aquel aire tintinea sin ruido en alguna parte de mí que aguarda en silencio, sin pesar alguno.  

  gotas de lluvia,

se derrama el silencio

bajo el paraguas

 


Mi mano sobre la arena. Y sobre mi mano este solecito que se disuelve entre cada célula de mi ser. Mi ser… mi ser tibio y ligero como un vencejo que se va, que ya se está yendo. Mi ser que calla en mi silencio, que tiembla en las hojas que caen sobre el agua que pasa.

Sobre la arena, mi mano tibia… Y qué decir cuando decir es nada. Qué sola mi mano, que no tiene nada, arena, y traza líneas sin trazar apenas, sin querer. Si pudiera sostener mi mano la lluvia, el tiempo que se escurre entre los dedos y cae sobre la hierba, sobre la arena. Ésta arena bajo mi mano, bajo este solecito…

 

“Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, donde sesteas al mediodía; pues ¿por qué había de estar yo como errante?”

 

Creía, casi sin creer, pero sí, creía, que yo estaba perdido, y perdidos eran mis pasos que se deshacían bajo la lluvia que no dejaba de caer. Mis pasos perdidos que se hacían arena bajo el viento que no cesaba de soplar. Pero no, ¿verdad? nunca estuve perdido, porque ¿dónde puede perderse lo que está en todas partes? dónde, salvo en el corazón de uno mismo.

Mi corazón… mi tenue corazón que siempre calla, que siempre busca. Sin buscar. Mi pequeño corazón que toma el sol en un veranillo de otoño. El sol tibio que no quema, que no deslumbra.

 

Atardece y la aurora de una luna nueva vacía el cielo de luz poco a poco. Nueva, invisible, la luna que siempre es la misma. Nueva como la noche que amanece, como el mundo que se disuelve ahora en ella. Y mi mirada que ya mira sin mirar, que sólo contempla el leve destello de lo que siempre está comenzando, de lo que siempre es.

Leve es el viento del atardecer que arrastra las hojas muertas, que se lleva mi mirada donde las hojas nacen, siempre, en la tibieza de un sol invisible. ¿Ese es el lugar? ¿Es allí desde donde siempre miran mis ojos?

 

  “Oh alma mía, le dijiste: Tú eres mi señor, no hay para mí bien fuera de ti”

 

Cierro los ojos y el aroma de los pinos y del brezo vuelven a mí como la gota de lluvia volverá a la nube que fue. Que nunca deja de ser. Cierro los ojos y por un momento vuelvo a contemplar aquel río que se hacía noche en la noche. La madreselva se enreda en mi alma como aquella tarde se enredaba entre las zarzamoras y su tacto es suave y ligero como la llovizna que mojaba sus hojas, mis manos. Mis ojos que ya no son ojos aún ven los sauces y los pinos, los serbales y los álamos que se empapaban de fina lluvia junto al río. Y mis dedos tocan todavía la piedra mojada cubierta de líquenes y musgo. Y tiznados con la corteza  blanca de los abedules ya no señalan nada, ya no asen nada, mis dedos…

Leve es el viento… y brillante aquel olor del mundo bajo la suave lluvia que casi no era lluvia. Una llovizna entre el día y la noche, entre el verano y el otoño, junto al río que fluía.

Leves y brillantes las flores de brezo bajo la lluvia y mi silencio contemplando el destello en cada gota detenida más allá de todo… Y qué decir. Qué decir cuando nada hay que decir. Cuando sobre mi mano la lluvia se hace nada y mi corazón silencio, mi mano, mi mano llena que nada retiene y todo lo espera.

Recuerdo bien aquel mi silencio porque una esquila sonó en alguna parte del bosque, un leve tintineo desde lo más profundo de un bosque que cae en la noche. Sin miedo, sin preguntas bajo la fina lluvia.

 

He hablado, pero en vano; porque ¿qué pueden decir las palabras sobre las cosas que no tienen ayer, ni hoy, ni mañana?

                                                                                           Seng Tsán

 

 

Extraño el veranillo de San Miguel. Extraño y ligero como este día que se va, como todos los días y todas noches. La tibieza de la luz del atardecer recorre mi mano y sobre mi piel los últimos rayos de un sol que ya casi no es sol trazan sin trazar líneas que van y vienen y giran, y giran. Y ya sin pensar, sin nada que pensar, sin nada que decir, me dejo caer allí donde habita mi mirada, junto a las pequeñas hojas de abedul, a salvo sobre la corriente que fluye sin ruido, sin pesar.


ni una palabra…

en sus ojos quietos

         el sol de otoño 

 

  

囁き sasayaki III

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Tirando del hilo. Algo en el dokusan. Intento
seguir ese hilo invisible mientras siento como se hace nada entre mis dedos,
poco a poco. Y no puedo evitarlo. Sigo ese hilo y de pronto mis manos vacías
sostienen nada, y yo estoy solo. Tan solo como el mundo.


Camino despacio buscando ¿qué? De pronto una
pequeña ícaro revolotea junto a mí, casi me roza. Y yo extiendo mis dedos sin
pensar, como impulsados por un instinto infantil. Y en el aire mis dedos rozan
el aire tan sólo. Esas alas en la brisa son casi brisa, que roza sin rozar, que
pasa. Miro mi mano que parece decir “hola”, “adiós”. Que por un instante se
mantiene así, rozando este momento todavía.

Me acerco sin más, caminando sin pensar, al
muro oeste del zendo. La esfinge colibrí de anoche ya no está en la pared.

 

Durante el samu, al salir afuera a sacudir
los zabutones oigo un gorjeo en el aire, levanto la cabeza y sí, los
abejarucos. Flotan en el aire, no vuelan. Los miro como vienen y van en grupo,
alejándose, y sus colores brillantes poco a poco se hacen sombra, y más allá, más
lejos, cielo. Vuelvo a mi tarea.

Contemplo una vaina de retama mientras tomo
el té tras el samu. Su vello plateado, los pulgones que se aferran a ella, las
hormigas diminutas que van y vienen, la luz del sol que se mueve junto con la
brisa sobre sus tallos. Miro por primera vez. Acabo de estrenar mis ojos.
Pienso en mirar el mundo así, por primera vez siempre. Como un niño que se
asombra siempre y no se acostumbra nunca. Ante mis ojos el mundo se muestra
como una revelación, como lo que es. Porque es así. Siempre lo veo por primera
vez. Pienso, pienso y siento que ya lo estoy perdiendo… Cierro los ojos…

 

En la cena paso la jarra de agua a mi
compañero de la izquierda y un rayo de sol da en mi mano. Brilla. Rojiza,
blanca. Brilla. Miro hacia la ventana del oeste y siento como mis ojos se
llenan de luz de atardecer. Y hasta mi alma llega esa luz. Y atardece.

Paseo junto al estanque. Los escorpiones de
agua nadan bajo la superficie cabeza abajo. Viven al otro lado del espejo, en
un mundo invertido. Arriba, abajo, dentro, fuera, el cielo y el agua. Ellos,
¿me miran? ¿En qué lado del espejo estamos cada uno?

En el camino dos hormigas enzarzadas luchan
y luchan. Solas. Parecen iguales. Parecen la misma criatura que lucha contra sí
misma. A veces mueven piedrecillas muy pequeñas, las dos se llenan de polvo al
dar vueltas y más vueltas sobre la tierra. En el cielo, la luna creciente.

 

Llegar hasta donde pueda, hasta donde pueda
mi cuerpo, mi voluntad, lo que quiera que sea yo. Más allá confiar. Porque no
lo puedo todo, porque no puedo creer en poder o no poder sino confiar en lo que
va más allá de mis posibilidades. Poseo un grano de mostaza que moverá
montañas. Confiar. Y la tranquilidad, la serenidad, por fin llegará a mí. El frescor
de un vientecillo matinal recorre mi piel y un rumor lejano llega de alguna
parte.

 

Al abrir las contraventanas tras la cena
golpeo  una rama del zumaque del jardín.
Unas hojas caen al suelo. La tarde es serena, apenas hay brisa.

Paseo. Paso junto a una planta de glicinia.
Pienso un instante en Fujitsubo, como un relámpago. Un pequeño relámpago
silencioso. Las nubes parecen no moverse en este cielo inmenso. Pero yo sé que
se mueven, que de hecho ya se han movido.

Las hormigas trajinan entre la hierba. Me
acuclillo junto a ellas. Un leve rumor, tan leve como el oleaje de un mar
lejano. Me acerco más y más. Este mar… miles de kilómetros, miles de años… Casi
tumbado sobre la hierba escucho los pasos silenciosos de cientos de hormigas.
Ni un solo ruido. Apenas un bisbiseo de hoja contra hoja. La hierba, las
hormigas, el rumor y su silencio… Enmudezco. No sé qué pensar. Este abismo
que me contempla…

 

Un escarabajo camina cerca de mí. Alargo un
dedo y toco la suave oscuridad de su cuerpo. Quieto, como fulminado, cae patas
arriba. Se hace el muerto. Conozco el truco. Espero. Un poco más. Una pata,
otra. Ya resucita y camina como si nada.

Una libélula enorme atraviesa el sendero
volando y hace vibrar el aire. Pienso en las ninfas vacías de sí aguardando
transparentes en los juncos, sobre la superficie del agua del estanque. Miro la
luna, las nubes, el cielo sobre nosotros.

 

Camino entre el espliego con las manos
extendidas, rozando las flores con las yemas de mis dedos. Multitud de abejas y
abejorros zumban a mi alrededor. Y al menos una docena de esfinges colibrí.
Creo que nunca había visto tantas juntas.

Me acerco a la contraventana de madera donde
hace unas noches aquella esfinge colibrí descansó junto a mi sueño. Ella no
está. No volverá, lo sé. Pero yo volveré a esperarla cada atardecer, lo sé.

En mis dedos, todavía, el aroma del
espliego.

 

Esta mañana, esta tarde, y el ocaso. Hoy.
Siento que aguardo sin aguardar. Sin saber.

Sentado en seiza sobre el tatami escucho.
¿Quién susurra en este leve viento de una tarde que se va? ¿Quién aguarda con
las manos vacías junto a las nubes que pasan?

Recorro lánguidamente con mi dedo las formas
caprichosas del tatami. Cuántos pasos silenciosos caminaron antes que yo por él.
Cuántas mañanas, tardes, ocasos. Sin pensar mi dedo toca y se demora sobre este
tatami que siempre espera los pasos que vendrán. Este tatami que es puro sabi. Suelo
sin mancillar, cuidado y ennoblecido con el uso y el tiempo.

 

Durante el samu, en el alfeizar de una
ventana, entre la contraventana de madera y los cristales, encuentro una
pequeña lagartija, diminuta. Parece muerta. La miro. La recojo en la palma de
mi mano. La miro. Una pena inmensa, que no entiendo, que no sé de dónde viene,
se diluye como agua por cada rincón de mi cuerpo. Siento esa humedad que me
ahoga sin saber. Salgo afuera, a la plena luz del sol de agosto. Mantengo sobre
mi mano ese cuerpecillo sin aliento mientras camino, toco su suavidad que no
pesa, su quietud terrible. La dejo con delicadeza sobre una piedra, al sol,
pero protegida de miradas peligrosas. La acaricio con uno de mis dedos.  ¿Acaso espero que no esté muerta? ¿Espero un
truco? ¿Espero un milagro…? Mientras camino de vuelta al zendo mi corazón
pesa, mojado de tristeza, incomprensible para cualquiera, sobre la palma de mi
mano.

 

Durante el zazen algo viene a mí. Algo
difuso y agridulce como una melancolía antigua. Intento centrarme, dejarlo
pasar, pero vuelve una y otra vez. Está en el ladrido desganado de un perro,
lejos, en el viento que está, que no está, en la sombra repentina de una nube,
solitaria en el cielo de verano. Qué. Qué es. No logro saber, no logro
recordar. Y sin embargo está aquí.

Por la tarde voy a colgar mi toalla fuera.
Mi pelo mojado se mueve en el viento cálido que llega y se va. Camino hacia la
piedra donde deposité la pequeña lagartija esta mañana. No está. El viento de
verano pasa y se lleva el agua de mi pelo sin que yo apenas me de cuenta.

 

Tantos días llevo aquí, con sus noches,
esperando el susurro en la brisa, tu llamada… Tantas noches aquí, con sus días,
siendo ola en tu mar, agua, sólo agua, que viene, va, que brilla y se apaga,
que siempre aguarda. ¿Cuánto tiempo llevo en esta tierra escuchándote sin
escuchar, viéndote sin ver?

En el zendo, por la tarde, tras apagar la
vela un hilo de humo revolotea en volutas en la penumbra un momento antes de
hacerse penumbra. Y el olor a cera poco a poco se hace aire y luego otro olor y
luego otro. Y ahora, al fin, el silencio se hace silencio.

Salgo del zendo, despacio,  y entro en la luz del atardecer.

 

 

brisa estival,

sólo entre los chopos

este susurro…

囁き sasayaki II

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Camino sobre la luz, sobre la luz que calienta
el tatami bajo cada uno de mis pasos. En el samu limpio, paso el aspirador,
organizo… saco a la calle un saltamontes de la contraventana antes de poner la
mosquitera… Aquí es fácil todo. Hago lo que debo hacer, sin más.

Por la tarde descanso echado sobre el tatami
del corredor. Me estiro, me levanto, camino despacio alrededor del zendo. Bajo
mis pies siento el calor que dejaron los que estuvieron descansando también
sobre el tatami. Como las huellas de una luz invisible. Vuelvo a sentarme en el
suelo. Las ventanas cerradas para evitar el calor mantienen el corredor en una vaga
semipenumbra. Mis compañeros pasan a mi lado caminando en silencio y siento en
mi piel el aire que remueven a su paso, ligero, tibio.

 

¿Ante qué se postró anoche mi alma? Ante el
futón y algo más, algo más allá de todo. Como un ladrón en la noche que llegó,
y yo no me di cuenta. Pero algo en mí sí se dio cuenta, algo más allá de mí
mismo, más allá de todo. ¿Qué, quién, reconoció a quién, a qué?

 

Sopla un fuerte viento ahora, tras la cena.
Sé que si espero al ladrón, él se dará cuenta y no vendrá. Lo sé pero no puedo
evitarlo. Esperar, anhelar. Pero la revelación pasó. Y mi voluntad llega hasta
un límite, más allá, sólo me queda la disponibilidad. Y confiar. Confiar
siempre. ¿Fe? ¿Si esto es fe es el eco de otra fe?

El viento cálido del oeste mueve las hojas
de los chopos. Eco sobre eco, amarillo y verde, el viento, el viento siempre.

Abejorros, abejas, avispones, zumban entre
el espliego y el hinojo. En la finca de al lado un gatito juguetea con una
perro guardián de aspecto fiero.

Los hormigueros están aquí y allá por todas
partes. Rodeados de montoncitos de cáscaras de cereales y gramíneas. En uno de
ellos hay dos caparazones secos de escarabajo. Me agacho. Un escarabajo que
parece igual merodea alrededor del hormiguero. ¿Por qué? A veces una hormiga le
muerde una pata, otras veces, otra se le sube encima hostigándolo. Le bastaría
huir pero no lo hace. Parece buscar algo bajo el montoncito de escombros. A
veces parece huir con varias hormigas encima, pero vuelve. Y de pronto, atacado
una y otra vez, se mete él sólo, decidido, en el  hormiguero. ¿Por qué?

Me incorporo. El viento cálido mueve mi
pelo.

En otro hormiguero no hay movimiento. Me
acerco. Como bolitas brillantes los cuerpos rotos de un  montón de hormigas se acumulan alrededor. ¿Qué
habrá sucedido?

El viento sigue soplando incansable. Las
nubes ¿se mueven? ¿sólo cambian? Un eco tan viejo como el mundo resuena en
alguna parte de mí, oscuro y hostigado se pierde dentro de mi alma, muy en el
fondo, en silencio. Donde siempre hay silencio.

 

En el último zazen del día mantengo la concentración.
Un saltamontes o algo así aterriza de pronto en mi pelo. Lo siento moverse por
mi cuello. No muevo un músculo. Quiero ser piedra, tierra. Pero mi pensamiento
se hace agua una vez más y fluye descontrolado. Imagino, especulo sobre qué
bicho puede ser. Empiezo a sudar. Un leve movimiento de mi mano y lo siento ir.

 

Suena el han en la noche y el sutra del
final del día parece un eco de la propia madera. “Vida y muerte son un asunto
serio” “nadie sea descuidado, nadie olvidadizo” Vida y muerte, muerte y vida. Ambos
son la forma de algo que subyace en todo, de algo que está más allá de todo y que
lo sustenta.

Hago el futón con atención. Pero pienso,
intento, rememoro. Inútil. El ladrón no viene. No vendrá.

No puedo olvidar a ese escarabajo en el
fondo del hormiguero, en esta noche. El canto de los grillos es atronador esta
noche. Hoy se celebra la transfiguración, lo que siempre fue luz, por fin se
mostró como luz. En esta noche.

 

 

Hoy el sol es sol. El aire aire. Los
cristales que limpio una y otra vez como si estuvieran sucios, el olor de la
cocina, un reflejo en el vaso de té, las vainas de retama… hay una belleza en
todas las cosas, una belleza que ni siquiera es bella. Una belleza sin
palabras, sin pensamiento, ajena a cualquier “belleza”, que lo impregna todo y
hace que las cosas sean lo que son, que yo sea lo que soy. Aquí, ahora.

En el teisho seguimos con las enseñanzas de Keizan.
El mar y las olas. La ola es agua y el agua ola. Movimiento y reposo. Las olas
llegan a la orilla, rompen, y vuelven al mar, nunca se retirarán de él.

Fuera escucho el rumor del oleaje, el
susurro del viento entre los chopos. Siento que algo profundo y delicado de mí
mismo se disuelve en el aire. Puro, transparente, vacío.

 

Después de cenar ventilo el zendo, también forma
parte de mi labor. Abro todas las ventanas del oeste y al sujetar las
contraventanas por fuera aparece una esfinge colibrí. Revolotea y se posa en el
borde de una contraventana. Me acerco pero vuela. Vuelve a posarse. Parece
buscar algún hueco diminuto en la madera para recostar la cabeza. Me da miedo
asustarla. Me muevo con mucho cuidado y vuelvo dentro. Quizá nunca antes he
visto una esfinge colibrí posada.

Camino en el crepúsculo, despacio, hasta el
hormiguero de ayer y allí está el escarabajo. O uno de sus semejantes. Y en un
hormiguero próximo veo la misma escena. Acosado por las hormigas un escarabajo
remolonea alrededor del montoncito de escombros del hormiguero. Levanto la vista
y miro las montañas.

En el estanque veo varios esqueletos vacíos
de ninfa de libélula. Son enormes. Agarradas todavía a los juncos que
sobresalen sobre el agua. Cojo una y la observo sobre mi mano. Parece de
cristal. Sus patas, su mandíbula retráctil, su cuerpo entero, lleno de nada,
perfecto y vacío. Imagino la noche en que emergió del agua apenas unos
centímetros aferrada a un junto para dejar de ser y volver a ser. Esa criatura
que ya no existe, que es otra, que es ella misma.

Contemplo sobre la palma de mi mano esa
noche que no vi y mi mirada se hace tan pura y vacía como la nada que sostengo.
Sin palabras, sin juicios. Un silencio cristalino me atraviesa como la luz.

Subo la cuesta hacia el zendo y una enorme
libélula revuelve el aire ruidosamente sobre mi cabeza. Y más allá la luna, y más
allá las nubes del atardecer, y más allá el cielo vacío, siempre vacío.

Me acerco con cuidado, como un ladrón
nocturno, y miro si la esfinge colibrí continúa descansando en la
contraventana. No. Sí. Sí. Aún está aquí.

Tras el té de la noche resuena el han.
Madera y madera, silencio y silencio. El han resuena en lo más profundo de mí y
su eco viene y va ondulando mi alma que se deshace en el viento que rompe entre
las hojas de los chopos y se aleja, y vuelve, y nunca se retira. El han… y
ahora los grillos… y más allá de todo el silencio puro de la noche.

¿Seguirá la esfinge colibrí aquí? ¿Al otro
lado del muro? ¿Conmigo?

 

el han, su eco…

se disuelve el silencio

entre los grillos

囁き sasayaki I

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Sí. Es verdad. El viento entre las hojas de los chopos suena diferente. Diferente a otros árboles. Diferente a todo. ¿Cuánto tiempo he estado oyendo ese susurro sin oír? Sin darme cuenta.

La tarde de verano cae despacio fuera del zendo, junto a las zarzamoras y su promesa de otoño. Una paloma cruza el cielo hacia el este. En mi muñeca un hilo rojo. ¿Otra promesa? Miro sin saber.

Mañana empieza el Sesshin,  un largo Sesshin para  oír. Para al fin poder escuchar el susurro entre las hojas de los chopos que nunca serán cortados. El susurro que me llama, que siempre me llama…

 

El tambor llama al día y nosotros nos ponemos en movimiento. En las ventanas del oeste aún se demora la noche silenciosa. Zazen. Fuera poco a poco la luz se hace con el mundo y con todos nosotros. Y los pájaros, al principio un barullo de trinos que ascienden y descienden desde los árboles del jardín. Luego cada canto se individualiza y poco a poco se distingue el canto de cada pájaro. Esos trinos en el día que comienza, un gallo, un perro… y la luz de pronto está aquí.

 

Mi mente desbocada parece cabalgar en el viento de la tarde. Aquí estoy, con dos peces y cinco panes para dar de comer a la inmensidad de mi alma. Qué fútil tarea para mí sólo.

Pienso en los chopos que agita el viento ahí fuera. Se mece mi mente perezosa con ese pensamiento. Y dentro de mí sin embargo nada se mueve ahora. Nada. Me asusta este silencio que no es mío. Esta quietud, incomprensible y terrible, de una golondrina muerta. Este silencio absoluto que no es humano. Siento que no soy digno. No soy digno porque no soy lo que debería ser. Y callo. Y ese silencio me llena y me asfixia.

Sostenme en tu mano. No me dejes caer. No permitas que dañe a nadie. No lo permitas. Por favor.

 

Miro los pies descalzos de mi compañero que me precede en el dokusan. Sentados en seiza puedo ver sus talones desgastados por muchos años de caminar. Fuera el viento agita los frágiles tallos de jara. Una melancolía antigua me llena el corazón.

La noche viene súbita. Como el día. Sin darme cuenta. Sin darme cuenta siento que camino sobre la tierra. Como un fantasma que ignora que es bruma, que lo ignora todo.

 

zazen del ocaso,

de pronto están cantando

todos los grillos

  

 

Despierto en mitad de la  noche desorientado. No sé dónde estoy, no sé siquiera que dormía.

En el samu limpio cristales, quito telarañas…. Voy y vengo por el zendo. El tatami acaricia una y otra vez mis pies descalzos.

En el teisho escuchamos los textos de Keizan y sus enseñanzas sobre el zazen.

Zazen le permite al hombre despertar  a su fuerza espiritual y morar en el ámbito del origen.”

Camino por el jardín y las hojas de los chopos caen entre el viento, no dejan de caer. Miro esa lluvia sin lluvia como si cayera del cielo. Mi fuerza… Mi origen… Quisiera volver a mi hogar verdadero. Al hogar del que procedo, en el principio. Allí me esperan todos. Allí donde son. Donde siempre son.

La hoja que cae del árbol no sufre porque sabe que es árbol. La contemplo, aún verde, sobre mi mano.

Sólo tengo que recordar…. recordar.

Ten fe, confía, y caminarás sobre las olas. Duda, y te hundirás en el abismo.

 

 

Ya ni oigo ronquidos. Sólo a veces, entre sueños, entre el canto de los grillos. Y el viento fresco de la noche que llega por las ventanas. ¿Desde dónde?

Esta mañana, no sé por qué, recuerdo aquella tarde junto al río, al atardecer, cuando era niño. Aquel atardecer, desde entonces, es todos los atardeceres. Un rasgón en el velo. Y las palabras siempre faltan o siempre sobran.

En el samu sigo limpiando cristales, sólo limpio cristales. Y la luz. La luz que hace invisible el cristal. A veces me parece querer limpiar la luz. Entonces paro. Paro y contemplo lo invisible.

Sólo haz, sin palabras. Atento a cada movimiento, a cada detalles. Los detalles, los detalles nos hacen lo que somos. Hacen que todas las cosas sean lo que son. No hay esencia, no hay forma. No hay nada.

Esta luz silenciosa que no pesa en el alma… la luz que hace visibles todas las cosas, la luz, ella misma invisible.

 

Durante la comida una gota de aceite resbala por la hoja de lechuga en mi plato. Me sirvo agua. El agua pura, vacía y transparente. Tan delicioso todo que pareciera que bebo el cielo, vacío.

 

La campana que señala el comienzo del zazen suena tres veces. Oigo el mazo de madera rozar en el bastidor de madera, sólo un toque. Y el eco de la última campanada hace vibrar el aire un buen rato todavía hasta que se desvanece y se deshace en puro aire, en pura nada. Y nosotros nos hacemos presentes con nuestros ruidos, las tripas, la respiración, y a veces los golpes secos del kyosaku. Y fuera los insectos y los pájaros, y las hojas que murmuran en el viento y el viento mismo. Y la tierra, presente con su silencio. Que oigo.

 

En la cena a alguien frente a mí se le cae el servilletero, se agacha a recogerlo, y un rayo del sol del atardecer ilumina mi dedo. Muevo mi pequeño dedo en esa luz lejana como si jugara con un hilo. Después el rayo desaparece.

Al final del día los pájaros trinan como al amanecer. Alborotados en un barullo indistinguible hasta que uno a uno van callando. Son como la lluvia. Las gotas que comienzan poco a poco hasta que la lluvia se hace lluvia. Y después la lluvia que deja de ser lluvia y se convierte en gotas. Una, otra, y otra y el silencio.

 

 

Hoy me desperté con el koan, como me dormí. Hace mucho calor. Luego en el zazen el koan se me escapa poco a poco y yo me doy cuenta.

Los pájaros, gota a gota, comienzan a trinar. Paran, trinan, ya todos ahora.

 

Limpio cristales. Quito el polvo. Sólo eso, sin más. Y qué difícil.

Por tanto deja tranquilas todas las cosas, aléjate de todos los objetos, en todo lo que hagas no hagas nada.”

Sigo con la no-palabra en la punta de la lengua. Pero no recuerdo… Cuando me distraiga de estar distraído aparecerá. Creo estar atento, pero no, es sólo una distracción más.

Tomo el té de la tarde. A mi lado una concha vacía de caracol calcinada por el sol. La miro una y otra vez. El sol es intenso y el calor sofocante. El té está caliente y mi corazón parece arder. La pequeña sombra que me cobija es más oscura ya que la luz es más brillante. Entorno los ojos. No puedo ver, no quiero ver.

La sombra de las nubes entran hasta el zendo. El viento que viene y va. Y en el viento un gorjeo lejano en el aire ¿serán abejarucos?

Esta tarde llueve. Al fin. Truenos de una tormenta de verano. Todo huele diferente ahora. Después una gota, una gota… en alguna parte… un retazo de lluvia que gotea y llama y que no cesa…

Puedo ver la tormenta aunque no la vea. Puedo tocar el corazón de la lluvia aunque no me moje. ¿Quién puede ver el corazón de las personas? Y sólo en el corazón habita la fe.

La tarde queda serena, llena del frescor de la lluvia pasada y el olor del espliego, del hinojo, del romero…

Camino despacio bajo los pinos. Disfruto acercando perezosamente mi pelo a sus ramas, sintiendo sus agujas peinando, despeinando, mi pelo.

En el estanque contemplo un pequeño insecto que se debate sobre el agua. Moriría sin mí. Morirá a mi pesar, tarde o temprano, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Lo saco del agua. ¿La misma naturaleza que parecía sentenciarle a muerte me puso a mí, con mi naturaleza, en su camino? Salta de mi mano. Casi me sobresalta. Me devuelve a la realidad. Dejo las reflexiones.

Sobre el agua las arañas tejen su telas entre los nenúfares. Parecen una flor más, casi aire, que se abre sobre el estanque. Tan leves como mi pensamiento que se desvanece, como la tarde que se queda ahí, entre su seda.

Dos plumas blancas y las nubes flotan sobre la superficie del estanque. Contemplo este atardecer y su serenidad simple me sostiene sobre su mano. Bajo este cielo imperturbable a pesar de las nubes que pasan me siento a salvo.

 

En el té de la noche me siento agotado. ¿Mi “enemigo” también lo estará?  No sé… Me siento pidiendo la rendición.

Las palabras del final del día me reaniman. Centrarse, recogerse, pero sin violencia, sin forzar. Como la naturaleza que hace las cosas sólo naturalmente, como un niño que juega. Como los grillos que cantan ahora. Sin más.

Preparo mi futón así, como jugando, absorto pero disfrutando en cada detalle. Las sábanas, los dobleces, las mantas, la almohada… hago sin hacer, miro sin mirar, y sin embargo pongo tanta atención y cuidado como puedo, como si prepara un futón para durar años. Al terminar no sé por qué me quedo contemplándolo. No he sido consciente de esa atención y sí he sido consciente. Sí, como un niño que juega y está absorto y no existe nada más para él y ni siquiera sabe que juega. Sonrío y saludo en gassho. Y ahora, el canto de los grillos en esta noche inmensa.

 

de pronto el alba

¿en qué momento los grillos

dejaron de cantar?

 

雲がちぎれるとき kumogachigirerutoki

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   “Último día. La lluvia afuera me llena de una melancolía infinita. Rebosa en mí como la propia lluvia. Hoy, último día de tantas cosas, lo presiento.
   Organizo la maleta. Papeles, regalos, postales… De nuevo astillas del próximo naufragio.
   Suena música de Shumann. Pienso.
   ¿Qué hace que algo imperfecto sea excelso?”

     Así terminan mis notas del viaje de hace unos meses. Mi aventura por California, Arizona, Washington, México… la ruta 101, la mítica 66… Astillas, briznas, lluvia sin lluvia que rebosa aquí, ahora.
    No sé por qué esta tarde releí esas notas, no sé o quizá sí sepa. La lluvia de verano suena hoy como lluvia de primavera. De primavera temprana en el sur de California.
    Miro las nubes, las nubes recorriendo el mundo, y por un momento se desliza sobre mí el esplendor de aquellos días.
Primero se borran los detalles. Los detalles. Aquellos detalles que propuse no olvidar nunca. Aquellos detalles se han ido disipando en mi mente, como las nubes blancas en el cielo azul. Pero algo persiste en mi mente, algo difuso e imperfecto, algo sin nombre.      
  Quizá el  olor de la lluvia, ese olor… En mi mente, vacía y azul…

aquí, sin más,
la sombra del avión
sobre la nubes


   En la tiniebla del avión toco la persiana de la ventanilla. Quema. Imagino la luz intensa del sol iluminando el otro lado de la ventana, en un día infinito al que no alcanza jamás el atardecer. Subo un poco la persiana. Una luz refulgente me ciega por un momento.
   En el cielo también hay mares.
   Contemplo las olas blancas llenando una extensión que se pierde en el horizonte. Las olas de un mar que parece no moverse. El avión pierde altura y las nubes se convierten en montañas, castillos, enormes formaciones brillantes que pasan junto a mí. Entorno los ojos y mis dedos tocan el cristal. Pareciera bastar con alargar la mano para tocar el blanco absoluto, la lluvia.
   En un momento pasamos del sol a las nubes y de las nubes a la tierra. El día soleado, el día nublado, el día lluvioso.  En el aeropuerto de Atlanta miro las nubes. Aquí, sin más.

    ¿A dónde me iré sin ti? Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aún allí me guiará tu mano.

    ¿De dónde nace el silencio perfecto que me rodea? Las secuoyas gigantes de Kings Canyon parecen contemplar mi insignificancia y guardar silencio. Camino unos pasos sobre la nieve, patino, me deslizo un poco. A veces un pájaro carpintero golpea en algún lugar del bosque. Mis pasos, su eco, su golpeteo, su eco. Camino y suena, me detengo y el silencio. Un silencio que me desgarra como un grito. Su eco en mi corazón, su eco que resbala desde las hojas escurriendo por el tronco rojo y atraviesa la nieve hasta las raíces de mi corazón.
   Espero. Grabo con mi cámara. ¿Qué? ¿el pájaro carpintero? ¿los troncos rojizos e inmensos? ¿las hojas verdes y oscuras? ¿el silencio?
   Miro arriba, una y otra vez. Arriba y más arriba, hasta que las hojas verdes se hacen cielo, en un lugar más allá de mis ojos. Rodeo los troncos. Decenas de huellas, mis huellas, alrededor de un solo tronco. Inmenso. Esta catedral gigantesca… esta oración de siglos… ¿a qué dioses invocará?
  Casi todos los árboles tienen las marcas de los rayos. Cuántos rayos a lo largo de siglos habrán caído aquí.
Imagino esa luz deslumbrando una y otra vez la profundidad del bosque. Esa luz. Miro el tranquilo atardecer que se esparce sobre la nieve. Inspiro profundamente el aire que huele a conífera. Un retazo de su aliento penetra mis pulmones diminutos. Sólo un instante.
Aquí, pareciera por un momento que camino entre la eternidad. Pero sólo es un espejismo. Las secuoyas gigantescas y las montañas son tan efímeras como la nieve, como mis ojos, asombrados ante ellas.

    Alégrense los cielos y goce la tierra, brame el mar y su plenitud. Regocíjese el campo y todo lo que en él está; entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento, delante de quien vino, porque vino a juzgar la tierra.

     Mi cumpleaños. Contemplo el Gran Cañón del Colorado y pensar en años me parece ridículo. Esta inmensidad hecha de roca y tiempo se abre ante mí como un cielo vacío. Las nubes grises vienen y van y los colores cambian entre rojos, ocres, blancos, marrones… Y la nieve bordea los desfiladeros y cubre los árboles retorcidos. Me asomo y mi mirada se despeña millones de años hasta el fondo de un río que se intuye porque apenas se ve. Mi corazón sobrecogido sobrevuela esta inmensidad de nada junto al vuelo de los cuervos.
    Contemplo hipnotizado el pasado. Sé que algo de mí ya estaba aquí cuando el río Colorado serpenteaba por lo que ahora es el borde del desfiladero. Siento tan claramente como la nieve que toco que yo estaba aquí cuando cayó la primera gota de la  primera lluvia. Cuando la primera piedra se desprendió con el estrépito del silencio, del lugar donde nadie oye porque no hay oídos, y cayó al fondo del río. Recorrí este cielo con la primera ráfaga de viento y toqué las primeras hojas del primer árbol.
    Cuando las cosas nacieron y aún no tenían nombre yo ya estaba aquí.
    Una brisa gélida araña mi cara y arrastra mi nombre. Contemplo. Escucho. Estoy aquí. Y sé que no olvidaré este momento que ya no es. 
    Un ruido entre las ramas me hace girar la cabeza y veo un ciervo que camina parsimonioso sobre la nieve. Sus delgadas patas se hunden en esa blancura que ahora brilla al sol. Se detiene, me mira con una pata delantera flexionada en el aire. Acostumbrados a la gente mantiene la mirada de sus ojos oscuros y brillantes.
   ¿Te mantendrás tú en mi recuerdo? ¿Tú y este instante?
   Quiero creer. Quiero un “siempre”
   Pero… pero sé que ni siquiera el Gran Cañón ya, en este momento en que le doy la espalda, el Gran Cañón que acabo de contemplar convertido en puro asombro es ya el mismo.
   Vuelvo a acercarme al desfiladero y oigo a mi espalda un rumor de ramas que se desvanece sobre la nieve.

    Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó. Como la hierba que crece en la mañana. Que crece y florece. Y a la tarde es cortada y se seca. Como un torrente de agua. Como un sueño.

    El avión. En medio de una noche inmensa que parece envolver el mundo entero los rayos de una tormenta lejana centellean aquí y allá, sin parar, entre las nubes. Es la primera vez que veo una tormenta desde arriba. El cielo se aclara y las luces de las ciudades son como galaxias geométricas extendidas allí abajo. Las luces palpitan como ascuas de una hoguera gigantesca.
   Amanece. El avión pierde altura y se balancea suavemente, y la luz que entra por mi ventanilla recorre el interior de la cabina de pasaje. El asiento, el pasillo, el techo…
   Y después las nubes. Las imperfectas nubes rebosando este mundo.

nubes de verano,
se deshace el cielo
al atardecer