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囁き sasayaki I

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Sí. Es verdad. El viento entre las hojas de los chopos suena diferente. Diferente a otros árboles. Diferente a todo. ¿Cuánto tiempo he estado oyendo ese susurro sin oír? Sin darme cuenta.

La tarde de verano cae despacio fuera del zendo, junto a las zarzamoras y su promesa de otoño. Una paloma cruza el cielo hacia el este. En mi muñeca un hilo rojo. ¿Otra promesa? Miro sin saber.

Mañana empieza el Sesshin,  un largo Sesshin para  oír. Para al fin poder escuchar el susurro entre las hojas de los chopos que nunca serán cortados. El susurro que me llama, que siempre me llama…

 

El tambor llama al día y nosotros nos ponemos en movimiento. En las ventanas del oeste aún se demora la noche silenciosa. Zazen. Fuera poco a poco la luz se hace con el mundo y con todos nosotros. Y los pájaros, al principio un barullo de trinos que ascienden y descienden desde los árboles del jardín. Luego cada canto se individualiza y poco a poco se distingue el canto de cada pájaro. Esos trinos en el día que comienza, un gallo, un perro… y la luz de pronto está aquí.

 

Mi mente desbocada parece cabalgar en el viento de la tarde. Aquí estoy, con dos peces y cinco panes para dar de comer a la inmensidad de mi alma. Qué fútil tarea para mí sólo.

Pienso en los chopos que agita el viento ahí fuera. Se mece mi mente perezosa con ese pensamiento. Y dentro de mí sin embargo nada se mueve ahora. Nada. Me asusta este silencio que no es mío. Esta quietud, incomprensible y terrible, de una golondrina muerta. Este silencio absoluto que no es humano. Siento que no soy digno. No soy digno porque no soy lo que debería ser. Y callo. Y ese silencio me llena y me asfixia.

Sostenme en tu mano. No me dejes caer. No permitas que dañe a nadie. No lo permitas. Por favor.

 

Miro los pies descalzos de mi compañero que me precede en el dokusan. Sentados en seiza puedo ver sus talones desgastados por muchos años de caminar. Fuera el viento agita los frágiles tallos de jara. Una melancolía antigua me llena el corazón.

La noche viene súbita. Como el día. Sin darme cuenta. Sin darme cuenta siento que camino sobre la tierra. Como un fantasma que ignora que es bruma, que lo ignora todo.

 

zazen del ocaso,

de pronto están cantando

todos los grillos

  

 

Despierto en mitad de la  noche desorientado. No sé dónde estoy, no sé siquiera que dormía.

En el samu limpio cristales, quito telarañas…. Voy y vengo por el zendo. El tatami acaricia una y otra vez mis pies descalzos.

En el teisho escuchamos los textos de Keizan y sus enseñanzas sobre el zazen.

Zazen le permite al hombre despertar  a su fuerza espiritual y morar en el ámbito del origen.”

Camino por el jardín y las hojas de los chopos caen entre el viento, no dejan de caer. Miro esa lluvia sin lluvia como si cayera del cielo. Mi fuerza… Mi origen… Quisiera volver a mi hogar verdadero. Al hogar del que procedo, en el principio. Allí me esperan todos. Allí donde son. Donde siempre son.

La hoja que cae del árbol no sufre porque sabe que es árbol. La contemplo, aún verde, sobre mi mano.

Sólo tengo que recordar…. recordar.

Ten fe, confía, y caminarás sobre las olas. Duda, y te hundirás en el abismo.

 

 

Ya ni oigo ronquidos. Sólo a veces, entre sueños, entre el canto de los grillos. Y el viento fresco de la noche que llega por las ventanas. ¿Desde dónde?

Esta mañana, no sé por qué, recuerdo aquella tarde junto al río, al atardecer, cuando era niño. Aquel atardecer, desde entonces, es todos los atardeceres. Un rasgón en el velo. Y las palabras siempre faltan o siempre sobran.

En el samu sigo limpiando cristales, sólo limpio cristales. Y la luz. La luz que hace invisible el cristal. A veces me parece querer limpiar la luz. Entonces paro. Paro y contemplo lo invisible.

Sólo haz, sin palabras. Atento a cada movimiento, a cada detalles. Los detalles, los detalles nos hacen lo que somos. Hacen que todas las cosas sean lo que son. No hay esencia, no hay forma. No hay nada.

Esta luz silenciosa que no pesa en el alma… la luz que hace visibles todas las cosas, la luz, ella misma invisible.

 

Durante la comida una gota de aceite resbala por la hoja de lechuga en mi plato. Me sirvo agua. El agua pura, vacía y transparente. Tan delicioso todo que pareciera que bebo el cielo, vacío.

 

La campana que señala el comienzo del zazen suena tres veces. Oigo el mazo de madera rozar en el bastidor de madera, sólo un toque. Y el eco de la última campanada hace vibrar el aire un buen rato todavía hasta que se desvanece y se deshace en puro aire, en pura nada. Y nosotros nos hacemos presentes con nuestros ruidos, las tripas, la respiración, y a veces los golpes secos del kyosaku. Y fuera los insectos y los pájaros, y las hojas que murmuran en el viento y el viento mismo. Y la tierra, presente con su silencio. Que oigo.

 

En la cena a alguien frente a mí se le cae el servilletero, se agacha a recogerlo, y un rayo del sol del atardecer ilumina mi dedo. Muevo mi pequeño dedo en esa luz lejana como si jugara con un hilo. Después el rayo desaparece.

Al final del día los pájaros trinan como al amanecer. Alborotados en un barullo indistinguible hasta que uno a uno van callando. Son como la lluvia. Las gotas que comienzan poco a poco hasta que la lluvia se hace lluvia. Y después la lluvia que deja de ser lluvia y se convierte en gotas. Una, otra, y otra y el silencio.

 

 

Hoy me desperté con el koan, como me dormí. Hace mucho calor. Luego en el zazen el koan se me escapa poco a poco y yo me doy cuenta.

Los pájaros, gota a gota, comienzan a trinar. Paran, trinan, ya todos ahora.

 

Limpio cristales. Quito el polvo. Sólo eso, sin más. Y qué difícil.

Por tanto deja tranquilas todas las cosas, aléjate de todos los objetos, en todo lo que hagas no hagas nada.”

Sigo con la no-palabra en la punta de la lengua. Pero no recuerdo… Cuando me distraiga de estar distraído aparecerá. Creo estar atento, pero no, es sólo una distracción más.

Tomo el té de la tarde. A mi lado una concha vacía de caracol calcinada por el sol. La miro una y otra vez. El sol es intenso y el calor sofocante. El té está caliente y mi corazón parece arder. La pequeña sombra que me cobija es más oscura ya que la luz es más brillante. Entorno los ojos. No puedo ver, no quiero ver.

La sombra de las nubes entran hasta el zendo. El viento que viene y va. Y en el viento un gorjeo lejano en el aire ¿serán abejarucos?

Esta tarde llueve. Al fin. Truenos de una tormenta de verano. Todo huele diferente ahora. Después una gota, una gota… en alguna parte… un retazo de lluvia que gotea y llama y que no cesa…

Puedo ver la tormenta aunque no la vea. Puedo tocar el corazón de la lluvia aunque no me moje. ¿Quién puede ver el corazón de las personas? Y sólo en el corazón habita la fe.

La tarde queda serena, llena del frescor de la lluvia pasada y el olor del espliego, del hinojo, del romero…

Camino despacio bajo los pinos. Disfruto acercando perezosamente mi pelo a sus ramas, sintiendo sus agujas peinando, despeinando, mi pelo.

En el estanque contemplo un pequeño insecto que se debate sobre el agua. Moriría sin mí. Morirá a mi pesar, tarde o temprano, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Lo saco del agua. ¿La misma naturaleza que parecía sentenciarle a muerte me puso a mí, con mi naturaleza, en su camino? Salta de mi mano. Casi me sobresalta. Me devuelve a la realidad. Dejo las reflexiones.

Sobre el agua las arañas tejen su telas entre los nenúfares. Parecen una flor más, casi aire, que se abre sobre el estanque. Tan leves como mi pensamiento que se desvanece, como la tarde que se queda ahí, entre su seda.

Dos plumas blancas y las nubes flotan sobre la superficie del estanque. Contemplo este atardecer y su serenidad simple me sostiene sobre su mano. Bajo este cielo imperturbable a pesar de las nubes que pasan me siento a salvo.

 

En el té de la noche me siento agotado. ¿Mi “enemigo” también lo estará?  No sé… Me siento pidiendo la rendición.

Las palabras del final del día me reaniman. Centrarse, recogerse, pero sin violencia, sin forzar. Como la naturaleza que hace las cosas sólo naturalmente, como un niño que juega. Como los grillos que cantan ahora. Sin más.

Preparo mi futón así, como jugando, absorto pero disfrutando en cada detalle. Las sábanas, los dobleces, las mantas, la almohada… hago sin hacer, miro sin mirar, y sin embargo pongo tanta atención y cuidado como puedo, como si prepara un futón para durar años. Al terminar no sé por qué me quedo contemplándolo. No he sido consciente de esa atención y sí he sido consciente. Sí, como un niño que juega y está absorto y no existe nada más para él y ni siquiera sabe que juega. Sonrío y saludo en gassho. Y ahora, el canto de los grillos en esta noche inmensa.

 

de pronto el alba

¿en qué momento los grillos

dejaron de cantar?

 

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Un comentario »

  1. qué agradable lectura, gracias…
     
    "al hogar del que procedo…"

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