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囁き sasayaki II

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Camino sobre la luz, sobre la luz que calienta
el tatami bajo cada uno de mis pasos. En el samu limpio, paso el aspirador,
organizo… saco a la calle un saltamontes de la contraventana antes de poner la
mosquitera… Aquí es fácil todo. Hago lo que debo hacer, sin más.

Por la tarde descanso echado sobre el tatami
del corredor. Me estiro, me levanto, camino despacio alrededor del zendo. Bajo
mis pies siento el calor que dejaron los que estuvieron descansando también
sobre el tatami. Como las huellas de una luz invisible. Vuelvo a sentarme en el
suelo. Las ventanas cerradas para evitar el calor mantienen el corredor en una vaga
semipenumbra. Mis compañeros pasan a mi lado caminando en silencio y siento en
mi piel el aire que remueven a su paso, ligero, tibio.

 

¿Ante qué se postró anoche mi alma? Ante el
futón y algo más, algo más allá de todo. Como un ladrón en la noche que llegó,
y yo no me di cuenta. Pero algo en mí sí se dio cuenta, algo más allá de mí
mismo, más allá de todo. ¿Qué, quién, reconoció a quién, a qué?

 

Sopla un fuerte viento ahora, tras la cena.
Sé que si espero al ladrón, él se dará cuenta y no vendrá. Lo sé pero no puedo
evitarlo. Esperar, anhelar. Pero la revelación pasó. Y mi voluntad llega hasta
un límite, más allá, sólo me queda la disponibilidad. Y confiar. Confiar
siempre. ¿Fe? ¿Si esto es fe es el eco de otra fe?

El viento cálido del oeste mueve las hojas
de los chopos. Eco sobre eco, amarillo y verde, el viento, el viento siempre.

Abejorros, abejas, avispones, zumban entre
el espliego y el hinojo. En la finca de al lado un gatito juguetea con una
perro guardián de aspecto fiero.

Los hormigueros están aquí y allá por todas
partes. Rodeados de montoncitos de cáscaras de cereales y gramíneas. En uno de
ellos hay dos caparazones secos de escarabajo. Me agacho. Un escarabajo que
parece igual merodea alrededor del hormiguero. ¿Por qué? A veces una hormiga le
muerde una pata, otras veces, otra se le sube encima hostigándolo. Le bastaría
huir pero no lo hace. Parece buscar algo bajo el montoncito de escombros. A
veces parece huir con varias hormigas encima, pero vuelve. Y de pronto, atacado
una y otra vez, se mete él sólo, decidido, en el  hormiguero. ¿Por qué?

Me incorporo. El viento cálido mueve mi
pelo.

En otro hormiguero no hay movimiento. Me
acerco. Como bolitas brillantes los cuerpos rotos de un  montón de hormigas se acumulan alrededor. ¿Qué
habrá sucedido?

El viento sigue soplando incansable. Las
nubes ¿se mueven? ¿sólo cambian? Un eco tan viejo como el mundo resuena en
alguna parte de mí, oscuro y hostigado se pierde dentro de mi alma, muy en el
fondo, en silencio. Donde siempre hay silencio.

 

En el último zazen del día mantengo la concentración.
Un saltamontes o algo así aterriza de pronto en mi pelo. Lo siento moverse por
mi cuello. No muevo un músculo. Quiero ser piedra, tierra. Pero mi pensamiento
se hace agua una vez más y fluye descontrolado. Imagino, especulo sobre qué
bicho puede ser. Empiezo a sudar. Un leve movimiento de mi mano y lo siento ir.

 

Suena el han en la noche y el sutra del
final del día parece un eco de la propia madera. “Vida y muerte son un asunto
serio” “nadie sea descuidado, nadie olvidadizo” Vida y muerte, muerte y vida. Ambos
son la forma de algo que subyace en todo, de algo que está más allá de todo y que
lo sustenta.

Hago el futón con atención. Pero pienso,
intento, rememoro. Inútil. El ladrón no viene. No vendrá.

No puedo olvidar a ese escarabajo en el
fondo del hormiguero, en esta noche. El canto de los grillos es atronador esta
noche. Hoy se celebra la transfiguración, lo que siempre fue luz, por fin se
mostró como luz. En esta noche.

 

 

Hoy el sol es sol. El aire aire. Los
cristales que limpio una y otra vez como si estuvieran sucios, el olor de la
cocina, un reflejo en el vaso de té, las vainas de retama… hay una belleza en
todas las cosas, una belleza que ni siquiera es bella. Una belleza sin
palabras, sin pensamiento, ajena a cualquier “belleza”, que lo impregna todo y
hace que las cosas sean lo que son, que yo sea lo que soy. Aquí, ahora.

En el teisho seguimos con las enseñanzas de Keizan.
El mar y las olas. La ola es agua y el agua ola. Movimiento y reposo. Las olas
llegan a la orilla, rompen, y vuelven al mar, nunca se retirarán de él.

Fuera escucho el rumor del oleaje, el
susurro del viento entre los chopos. Siento que algo profundo y delicado de mí
mismo se disuelve en el aire. Puro, transparente, vacío.

 

Después de cenar ventilo el zendo, también forma
parte de mi labor. Abro todas las ventanas del oeste y al sujetar las
contraventanas por fuera aparece una esfinge colibrí. Revolotea y se posa en el
borde de una contraventana. Me acerco pero vuela. Vuelve a posarse. Parece
buscar algún hueco diminuto en la madera para recostar la cabeza. Me da miedo
asustarla. Me muevo con mucho cuidado y vuelvo dentro. Quizá nunca antes he
visto una esfinge colibrí posada.

Camino en el crepúsculo, despacio, hasta el
hormiguero de ayer y allí está el escarabajo. O uno de sus semejantes. Y en un
hormiguero próximo veo la misma escena. Acosado por las hormigas un escarabajo
remolonea alrededor del montoncito de escombros del hormiguero. Levanto la vista
y miro las montañas.

En el estanque veo varios esqueletos vacíos
de ninfa de libélula. Son enormes. Agarradas todavía a los juncos que
sobresalen sobre el agua. Cojo una y la observo sobre mi mano. Parece de
cristal. Sus patas, su mandíbula retráctil, su cuerpo entero, lleno de nada,
perfecto y vacío. Imagino la noche en que emergió del agua apenas unos
centímetros aferrada a un junto para dejar de ser y volver a ser. Esa criatura
que ya no existe, que es otra, que es ella misma.

Contemplo sobre la palma de mi mano esa
noche que no vi y mi mirada se hace tan pura y vacía como la nada que sostengo.
Sin palabras, sin juicios. Un silencio cristalino me atraviesa como la luz.

Subo la cuesta hacia el zendo y una enorme
libélula revuelve el aire ruidosamente sobre mi cabeza. Y más allá la luna, y más
allá las nubes del atardecer, y más allá el cielo vacío, siempre vacío.

Me acerco con cuidado, como un ladrón
nocturno, y miro si la esfinge colibrí continúa descansando en la
contraventana. No. Sí. Sí. Aún está aquí.

Tras el té de la noche resuena el han.
Madera y madera, silencio y silencio. El han resuena en lo más profundo de mí y
su eco viene y va ondulando mi alma que se deshace en el viento que rompe entre
las hojas de los chopos y se aleja, y vuelve, y nunca se retira. El han… y
ahora los grillos… y más allá de todo el silencio puro de la noche.

¿Seguirá la esfinge colibrí aquí? ¿Al otro
lado del muro? ¿Conmigo?

 

el han, su eco…

se disuelve el silencio

entre los grillos

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Un comentario »

  1. magníficos haikus, este y los anteriores, gracias haijin…
     
    y la prosa… bueno, ya sabes.
     
     
    saludos.

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