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囁き sasayaki III

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Tirando del hilo. Algo en el dokusan. Intento
seguir ese hilo invisible mientras siento como se hace nada entre mis dedos,
poco a poco. Y no puedo evitarlo. Sigo ese hilo y de pronto mis manos vacías
sostienen nada, y yo estoy solo. Tan solo como el mundo.


Camino despacio buscando ¿qué? De pronto una
pequeña ícaro revolotea junto a mí, casi me roza. Y yo extiendo mis dedos sin
pensar, como impulsados por un instinto infantil. Y en el aire mis dedos rozan
el aire tan sólo. Esas alas en la brisa son casi brisa, que roza sin rozar, que
pasa. Miro mi mano que parece decir “hola”, “adiós”. Que por un instante se
mantiene así, rozando este momento todavía.

Me acerco sin más, caminando sin pensar, al
muro oeste del zendo. La esfinge colibrí de anoche ya no está en la pared.

 

Durante el samu, al salir afuera a sacudir
los zabutones oigo un gorjeo en el aire, levanto la cabeza y sí, los
abejarucos. Flotan en el aire, no vuelan. Los miro como vienen y van en grupo,
alejándose, y sus colores brillantes poco a poco se hacen sombra, y más allá, más
lejos, cielo. Vuelvo a mi tarea.

Contemplo una vaina de retama mientras tomo
el té tras el samu. Su vello plateado, los pulgones que se aferran a ella, las
hormigas diminutas que van y vienen, la luz del sol que se mueve junto con la
brisa sobre sus tallos. Miro por primera vez. Acabo de estrenar mis ojos.
Pienso en mirar el mundo así, por primera vez siempre. Como un niño que se
asombra siempre y no se acostumbra nunca. Ante mis ojos el mundo se muestra
como una revelación, como lo que es. Porque es así. Siempre lo veo por primera
vez. Pienso, pienso y siento que ya lo estoy perdiendo… Cierro los ojos…

 

En la cena paso la jarra de agua a mi
compañero de la izquierda y un rayo de sol da en mi mano. Brilla. Rojiza,
blanca. Brilla. Miro hacia la ventana del oeste y siento como mis ojos se
llenan de luz de atardecer. Y hasta mi alma llega esa luz. Y atardece.

Paseo junto al estanque. Los escorpiones de
agua nadan bajo la superficie cabeza abajo. Viven al otro lado del espejo, en
un mundo invertido. Arriba, abajo, dentro, fuera, el cielo y el agua. Ellos,
¿me miran? ¿En qué lado del espejo estamos cada uno?

En el camino dos hormigas enzarzadas luchan
y luchan. Solas. Parecen iguales. Parecen la misma criatura que lucha contra sí
misma. A veces mueven piedrecillas muy pequeñas, las dos se llenan de polvo al
dar vueltas y más vueltas sobre la tierra. En el cielo, la luna creciente.

 

Llegar hasta donde pueda, hasta donde pueda
mi cuerpo, mi voluntad, lo que quiera que sea yo. Más allá confiar. Porque no
lo puedo todo, porque no puedo creer en poder o no poder sino confiar en lo que
va más allá de mis posibilidades. Poseo un grano de mostaza que moverá
montañas. Confiar. Y la tranquilidad, la serenidad, por fin llegará a mí. El frescor
de un vientecillo matinal recorre mi piel y un rumor lejano llega de alguna
parte.

 

Al abrir las contraventanas tras la cena
golpeo  una rama del zumaque del jardín.
Unas hojas caen al suelo. La tarde es serena, apenas hay brisa.

Paseo. Paso junto a una planta de glicinia.
Pienso un instante en Fujitsubo, como un relámpago. Un pequeño relámpago
silencioso. Las nubes parecen no moverse en este cielo inmenso. Pero yo sé que
se mueven, que de hecho ya se han movido.

Las hormigas trajinan entre la hierba. Me
acuclillo junto a ellas. Un leve rumor, tan leve como el oleaje de un mar
lejano. Me acerco más y más. Este mar… miles de kilómetros, miles de años… Casi
tumbado sobre la hierba escucho los pasos silenciosos de cientos de hormigas.
Ni un solo ruido. Apenas un bisbiseo de hoja contra hoja. La hierba, las
hormigas, el rumor y su silencio… Enmudezco. No sé qué pensar. Este abismo
que me contempla…

 

Un escarabajo camina cerca de mí. Alargo un
dedo y toco la suave oscuridad de su cuerpo. Quieto, como fulminado, cae patas
arriba. Se hace el muerto. Conozco el truco. Espero. Un poco más. Una pata,
otra. Ya resucita y camina como si nada.

Una libélula enorme atraviesa el sendero
volando y hace vibrar el aire. Pienso en las ninfas vacías de sí aguardando
transparentes en los juncos, sobre la superficie del agua del estanque. Miro la
luna, las nubes, el cielo sobre nosotros.

 

Camino entre el espliego con las manos
extendidas, rozando las flores con las yemas de mis dedos. Multitud de abejas y
abejorros zumban a mi alrededor. Y al menos una docena de esfinges colibrí.
Creo que nunca había visto tantas juntas.

Me acerco a la contraventana de madera donde
hace unas noches aquella esfinge colibrí descansó junto a mi sueño. Ella no
está. No volverá, lo sé. Pero yo volveré a esperarla cada atardecer, lo sé.

En mis dedos, todavía, el aroma del
espliego.

 

Esta mañana, esta tarde, y el ocaso. Hoy.
Siento que aguardo sin aguardar. Sin saber.

Sentado en seiza sobre el tatami escucho.
¿Quién susurra en este leve viento de una tarde que se va? ¿Quién aguarda con
las manos vacías junto a las nubes que pasan?

Recorro lánguidamente con mi dedo las formas
caprichosas del tatami. Cuántos pasos silenciosos caminaron antes que yo por él.
Cuántas mañanas, tardes, ocasos. Sin pensar mi dedo toca y se demora sobre este
tatami que siempre espera los pasos que vendrán. Este tatami que es puro sabi. Suelo
sin mancillar, cuidado y ennoblecido con el uso y el tiempo.

 

Durante el samu, en el alfeizar de una
ventana, entre la contraventana de madera y los cristales, encuentro una
pequeña lagartija, diminuta. Parece muerta. La miro. La recojo en la palma de
mi mano. La miro. Una pena inmensa, que no entiendo, que no sé de dónde viene,
se diluye como agua por cada rincón de mi cuerpo. Siento esa humedad que me
ahoga sin saber. Salgo afuera, a la plena luz del sol de agosto. Mantengo sobre
mi mano ese cuerpecillo sin aliento mientras camino, toco su suavidad que no
pesa, su quietud terrible. La dejo con delicadeza sobre una piedra, al sol,
pero protegida de miradas peligrosas. La acaricio con uno de mis dedos.  ¿Acaso espero que no esté muerta? ¿Espero un
truco? ¿Espero un milagro…? Mientras camino de vuelta al zendo mi corazón
pesa, mojado de tristeza, incomprensible para cualquiera, sobre la palma de mi
mano.

 

Durante el zazen algo viene a mí. Algo
difuso y agridulce como una melancolía antigua. Intento centrarme, dejarlo
pasar, pero vuelve una y otra vez. Está en el ladrido desganado de un perro,
lejos, en el viento que está, que no está, en la sombra repentina de una nube,
solitaria en el cielo de verano. Qué. Qué es. No logro saber, no logro
recordar. Y sin embargo está aquí.

Por la tarde voy a colgar mi toalla fuera.
Mi pelo mojado se mueve en el viento cálido que llega y se va. Camino hacia la
piedra donde deposité la pequeña lagartija esta mañana. No está. El viento de
verano pasa y se lleva el agua de mi pelo sin que yo apenas me de cuenta.

 

Tantos días llevo aquí, con sus noches,
esperando el susurro en la brisa, tu llamada… Tantas noches aquí, con sus días,
siendo ola en tu mar, agua, sólo agua, que viene, va, que brilla y se apaga,
que siempre aguarda. ¿Cuánto tiempo llevo en esta tierra escuchándote sin
escuchar, viéndote sin ver?

En el zendo, por la tarde, tras apagar la
vela un hilo de humo revolotea en volutas en la penumbra un momento antes de
hacerse penumbra. Y el olor a cera poco a poco se hace aire y luego otro olor y
luego otro. Y ahora, al fin, el silencio se hace silencio.

Salgo del zendo, despacio,  y entro en la luz del atardecer.

 

 

brisa estival,

sólo entre los chopos

este susurro…

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  1. bravo, haijin.
     
    cielo, tierra, dentro, fuera es lo mismo… raras veces lo veo con mis ojos, pero lo veo en tus letras.
     
     
    saludos.

    Responder
  2. yo… yo… yo no tengo palabras… todas mis palabras ha sido usadas en estos hermosos textos… `pequeña ola en un mar inmenso.. yo..yo… gracias por darnos el placer de leerte.

    Responder

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