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日向ぼっこ hinatabokko

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Es casi sin pensar. Casi sin pensar mi dedo que no piensa recorre la arena del suelo y traza casi sin trazar líneas que van y vienen y giran, y giran. Miro. Sí, una línea horizontal que gira hacia arriba, y luego otra, y otra al otro lado, y otra… Líneas que son ramas, ramas que crecen más allá de la arena tibia que surca mi dedo.

Casi sin pensar oigo el murmullo de un río que pasa lánguido bajo las ramas de un abedul que aguarda. Y oigo sin oír sus pequeñas hojas que caen en el agua, casi sin ruido, sin pesar alguno.

 

Extraño este veranillo de San Miguel. Sin vencejos en el cielo y con la tibieza de un sol de otoño. Los vencejos… un día están, otro día no están. Pero nunca se están yendo. Ni siquiera me daba cuenta y ya el cielo se vaciaba de sus sombras y sus gritos, ni siquiera pensaba que el verano se deshacía entre sus alas y aquí el otoño venía con su tibio sol de membrillo.

Tan extraño me siento caminando bajo la sombra de los castaños de indias y sus hojas como manos abiertas. Extiendo mis dedos bajo sus dedos. Mi mano bajo su mano de sombra. Siento su frescor leve sobre mi piel. Miro las hojas que amarillean. Primero las hojas más alejadas del tronco, de las ramas más gruesas, de las más delgadas. Y en cada hoja comienza por los bordes este amarillo que luego será dorado y bronce y luego aire. Extraño este orden preciso de lo que se va. En mi mano el frescor de esta sombra que se va, que ya se está yendo, se siente más intenso.

 

Sin recordar apenas recuerdo las gotas de lluvia que casi no eran lluvia ya, resbalando por estas mismas hojas, quizá por estas mismas, quizá no. Las gotas que fueron nube allí, más allá del verano y su cielo azul, aquella nube, primero la más cercana, que se hizo lluvia y la lluvia gota y la gota aire.

Sin apenas nada tengo aún el olor de aquella lluvia entre mis dedos que tocan el aire tibio de otoño. Y este aire como aquel aire tintinea sin ruido en alguna parte de mí que aguarda en silencio, sin pesar alguno.  

  gotas de lluvia,

se derrama el silencio

bajo el paraguas

 


Mi mano sobre la arena. Y sobre mi mano este solecito que se disuelve entre cada célula de mi ser. Mi ser… mi ser tibio y ligero como un vencejo que se va, que ya se está yendo. Mi ser que calla en mi silencio, que tiembla en las hojas que caen sobre el agua que pasa.

Sobre la arena, mi mano tibia… Y qué decir cuando decir es nada. Qué sola mi mano, que no tiene nada, arena, y traza líneas sin trazar apenas, sin querer. Si pudiera sostener mi mano la lluvia, el tiempo que se escurre entre los dedos y cae sobre la hierba, sobre la arena. Ésta arena bajo mi mano, bajo este solecito…

 

“Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, donde sesteas al mediodía; pues ¿por qué había de estar yo como errante?”

 

Creía, casi sin creer, pero sí, creía, que yo estaba perdido, y perdidos eran mis pasos que se deshacían bajo la lluvia que no dejaba de caer. Mis pasos perdidos que se hacían arena bajo el viento que no cesaba de soplar. Pero no, ¿verdad? nunca estuve perdido, porque ¿dónde puede perderse lo que está en todas partes? dónde, salvo en el corazón de uno mismo.

Mi corazón… mi tenue corazón que siempre calla, que siempre busca. Sin buscar. Mi pequeño corazón que toma el sol en un veranillo de otoño. El sol tibio que no quema, que no deslumbra.

 

Atardece y la aurora de una luna nueva vacía el cielo de luz poco a poco. Nueva, invisible, la luna que siempre es la misma. Nueva como la noche que amanece, como el mundo que se disuelve ahora en ella. Y mi mirada que ya mira sin mirar, que sólo contempla el leve destello de lo que siempre está comenzando, de lo que siempre es.

Leve es el viento del atardecer que arrastra las hojas muertas, que se lleva mi mirada donde las hojas nacen, siempre, en la tibieza de un sol invisible. ¿Ese es el lugar? ¿Es allí desde donde siempre miran mis ojos?

 

  “Oh alma mía, le dijiste: Tú eres mi señor, no hay para mí bien fuera de ti”

 

Cierro los ojos y el aroma de los pinos y del brezo vuelven a mí como la gota de lluvia volverá a la nube que fue. Que nunca deja de ser. Cierro los ojos y por un momento vuelvo a contemplar aquel río que se hacía noche en la noche. La madreselva se enreda en mi alma como aquella tarde se enredaba entre las zarzamoras y su tacto es suave y ligero como la llovizna que mojaba sus hojas, mis manos. Mis ojos que ya no son ojos aún ven los sauces y los pinos, los serbales y los álamos que se empapaban de fina lluvia junto al río. Y mis dedos tocan todavía la piedra mojada cubierta de líquenes y musgo. Y tiznados con la corteza  blanca de los abedules ya no señalan nada, ya no asen nada, mis dedos…

Leve es el viento… y brillante aquel olor del mundo bajo la suave lluvia que casi no era lluvia. Una llovizna entre el día y la noche, entre el verano y el otoño, junto al río que fluía.

Leves y brillantes las flores de brezo bajo la lluvia y mi silencio contemplando el destello en cada gota detenida más allá de todo… Y qué decir. Qué decir cuando nada hay que decir. Cuando sobre mi mano la lluvia se hace nada y mi corazón silencio, mi mano, mi mano llena que nada retiene y todo lo espera.

Recuerdo bien aquel mi silencio porque una esquila sonó en alguna parte del bosque, un leve tintineo desde lo más profundo de un bosque que cae en la noche. Sin miedo, sin preguntas bajo la fina lluvia.

 

He hablado, pero en vano; porque ¿qué pueden decir las palabras sobre las cosas que no tienen ayer, ni hoy, ni mañana?

                                                                                           Seng Tsán

 

 

Extraño el veranillo de San Miguel. Extraño y ligero como este día que se va, como todos los días y todas noches. La tibieza de la luz del atardecer recorre mi mano y sobre mi piel los últimos rayos de un sol que ya casi no es sol trazan sin trazar líneas que van y vienen y giran, y giran. Y ya sin pensar, sin nada que pensar, sin nada que decir, me dejo caer allí donde habita mi mirada, junto a las pequeñas hojas de abedul, a salvo sobre la corriente que fluye sin ruido, sin pesar.


ni una palabra…

en sus ojos quietos

         el sol de otoño 

 

  

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  1. Gracias por emocionarme, gracias por hacerme enmudecer ante tanta sensibilidad y belleza,,,gracias. Carmen

    Responder
  2. Muchas gracias a ti Carmen. Eres muy amable.
    Un abrazo grande.

    Responder

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