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月見 tsukimi

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    Antes de que desaparezca. Antes de que todo se convierta tan sólo en el recuerdo de un recuerdo. La noche, oscura, tan oscura hasta que salió la luna y el rumor del río, incesante, invisible, llenando esa oscuridad. Ese rumor de un rumor, el eco de otro eco…
Salgo de la furgoneta, no puedo dormir. El contorno de uno de los picos es ahora más oscuro que la propia noche. Detrás, la luna. Poco a poco la luz blanca infiltra la noche. Es al principio mera insinuación, ahora deslumbra.
    Contemplo la luna llena.

    Pareciera que la brisa se hace blanca, más fresca, en esta noche junto al río Cares. Su rumor es ahora espuma, embravecido deslumbra su estruendo entre las rocas. Tan altas las montañas, su mole de tiempo, que me siento un pequeño guijarro que arrastra el río. Apenas un suspiro en esta noche de piedra.

   Sobre una piedra brilla a la luz de la luna el rastro de un limaco. Miro ese diminuto sendero plateado de una criatura que pasó junto a mí sin darme cuenta. Un oscuro limaco como la noche pura que no miró la luna, que ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba allí.
   Sólo contemplar.

   ¿Dónde estará ahora mi alma?

           Felicidad y desdicha, amor y odio, cuerpo y sombra,
              calor y frío, gozo y cólera, yo y otros.
           El placer de la poesía es el sendero hacia el infierno.
        Pero, detente y mira: ciruelos floridos, flores de melocotonero.

                                                                                                Jugando a escribir Ikkyû Sôjun

   El sol en lo alto traza sombras inmensas, oscuras, sobre la tierra. Estas montañas gigantescas poseen un silencio de piedra que sobrecoge. Camino junto a un desfiladero entre la pared de roca y el vacío, entre el sol y su brillo, allí arriba, y el río y su rumor, abajo, tan abajo que ni siquiera puedo verlo cuando me asomo al borde del precipicio.
Pienso en apuntar todo esto, en sacar fotos, ¿en atrapar? Qué podría yo atrapar, brizna de viento, con unas pobres palabras…

   Sólo camino.

   A veces unas chovas pasan volando muy cerca, tan cerca suspendidas en el aire cálido, que veo sus plumas negras brillantes agitándose con la brisa. Sus gritos y los ecos de sus ecos van y vienen una y otra vez entre las cárcavas. Volar. Sólo volar. Pienso en ello y por un momento parece el aire más ligero sobre mi piel, y más libre. Extiendo los brazos, abro las manos, separo cada uno de mis dedos…
   Vientecillo de junio…. Caricia, promesa…

        ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia.
        ¿Vuela el gavilán por tu sabiduría acaso?

    Tumbado sobre la hierba, en lo alto de un collado, siento la sabiduría de las flores que me rodean, violetas, prímulas, campánulas, diminutos orquídeas silvestres… ¿en qué pensaran los pensamientos? Aquí arriba apenas hay árboles. Algunas encinas encaramadas a las rocas, quizá un pino retorcido extendiendo sus raíces en el vacío, separando cada una de sus raíces, como si pensara volar…
   Y las nubes, allí arriba, las nubes hechas jirones, convertidas en insinuaciones de nubes.
Como niños que juegan con las nubes buscamos formas en sus no-formas. Quizá un pez, o un conejo tal vez. Reímos. Reímos como hojas que mueve el viento, como un riachuelo que brinca entre las piedras.
   Como niños que juegan.
   Una esfinge colobrí se detiene un instante a libar en una flor junto a nosotros. Se mantiene estática en el aire, parece una nube. Aquí está cuando ya se fue… Y las nubes, allí arriba, en el cielo, siguen pasando…

   Y ahora silencio. Tumbados sobre la hierba de junio guardamos silencio de siglos como las montañas. Este silencio que lleva aquí milenios. Este silencio que está aquí desde el principio de todas las cosas.

   Este silencio…

   Antes de ver los saúcos llega hasta nosotros su aroma. El valle. Las cascadas blancas, como luz de luna que huye, inundan el aire de humedad. Recuerdo ahora el tacto helado del agua en mis pies. Camino descalzo, dando tumbos entre las piedras, y el frío es tan intenso que duele. Junto a la orilla me siento en una piedra contemplando el agua que pasa, que fluye frente a mí sin mirarme.     Contemplo mis pies descalzos. Separo los dedos. El sol se filtra entre las hojas que ríen. Alisos, sauces, álamos, fresnos…  Como niño que juega, así el sol viene y va entre las hojas y toca mi piel.
 
   Descalzo.

   Camino descalzo sobre la hierba, tan suave que por un momento envidio a los gatos que caminan de noche, descalzos sobre el mundo, en silencio. Una oruga se mueve despacio junto a mí cuando vuelvo a calzarme. Sus pelos claros brillan a la luz del sol. Suave y delicado es su cuerpo entre mis dedos.
    Contemplo ahora su belleza natural y simple, siento su alma de silencio sobre la palma de mi mano. Contemplo la mariposa que vendrá, que de hecho es. Mi mano, su cuerpo, nuestro ahora.

    No sé que decir. No sé qué pensar. Suave y delicado, simple y natural, como la naturaleza entera que me rodea, que me constituye. Estas montañas, este río, las alas de la mariposa que aún son pelillos brillando al sol…. ¿de dónde viene esta belleza espontánea?  ¿quién creó esta belleza que ni siquiera es bella?

   Nada ahora.

   Antes de que todo esto desaparezca de mi recuerdo, recuerdo de un recuerdo… Escribo. Contemplo la luz de la luna, de una luna que ya no es esa luna. Que nunca es ni será esa luna.  Contemplo ahora mi alma salvaje que contempla la luna.
   ¿A qué pretendo aferrarme?
    El sendero hacia el infierno… Me detengo. Miro. Sólo miro…

la luz del alba,
el limaco y su sendero
se hicieron nada


春の雨 haru no ame

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     Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
     Ahora veo por espejo, oscuramente; mas entonces veré cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.


    Es como si se deshiciera, la tarde, el mundo, ahí, tras el cristal. Con cada gota que cae, con cada gota de agua, de lluvia, de nube, que escurre perezosa al otro lado del cristal. En este lado, dentro, mi dedo recorre lánguido el sendero de agua que traza la gota.
    Es como un gusano transparente esa gota. A veces serpentea como por capricho, a veces acelera, a veces parece dudar, casi se detiene… hasta por fin reanudar su recorrido y caer y caer hasta el alfeizar de la ventana. Y mi dedo, aquí, en el otro lado, acompaña ese viaje, trazando silencioso garabatos en el cristal.

    La tierra arcillosa amarillea en el solar que hay frente a mi ventana. Al otro lado del cristal, al otro lado de la lluvia. Pronto construirán. Supongo. Hace un par de primaveras aparecieron unas pequeñas acacias, como de la nada, y ahí están, reverdecidas de nuevo. Las acacias, las huellas de las máquinas sobre la tierra, el muro de ladrillo…
   Cuanto más quieto está mi espíritu más percibo el movimiento de las cosas que son, que están. Que sólo son, que sólo están. Y que sin embargo no dejan de moverse.

   No deja de caer, sin cesar, la lluvia de primavera.

   Me gusta sentarme en el suelo, sobre la madera, y mirar por el ventanal, tan bajo que casi llega hasta el suelo, como cae la lluvia. Pareciera que espero algo entre las gotas que caen. Pregunto pero nadie contesta, nadie en mí, nadie. Las persianas subidas hasta arriba, me gustaría subirlas hasta las nubes grises si pudiera. Y contemplo. Allí arriba estas gotas que caen son tan invisibles como mis pensamientos. Hasta que llegan a mi mundo, aquí abajo, ¿qué pensarán las gotas de lluvia? ¿qué esperarán encontrar aquí?.
   Visibles al otro lado del cristal ya no sé si son lluvia. Agua. Quisiera tocar con mi dedo ese agua del cielo, recorrer su camino más allá del cristal frío, más allá del aire. Me gustaría por un momento ser lluvia. Si pudiera.

    De pie, entonces yo no alcanzaba apenas el alfeizar de esta misma ventana. Casi de puntillas me gustaba mirar fuera, hacia el camino que mi padre recorría al volver del trabajo. Cuando él se acercaba, aún lejos, me saludaba con la mano y yo entonces lo reconocía y le saludaba con mi mano. Qué diminuta debía ser aquella mano. Qué pequeña, qué lejos.
   Apenas recuerdo esperar nada entonces. Pareciera que no esperaba nada, aunque esperaba. Sólo recuerdo su mano y mi mano. Ese momento, preciso y claro, a ambos lados del cristal. Su mano…

   Lluvia de primavera. Lluvia que no deja de caer. Desde cuándo.

   Mi mano. Aquí está esta mano que en parte es su mano. Mi mano surcada de líneas como huellas de lluvia. En silencio recorro con mi dedo esas líneas que son como pequeños cauces secos de una lluvia lejana y diminuta que cayó hace tiempo. Como pensamientos invisibles las gotas de lluvia recorren mi espíritu que está quieto y contempla. ¿Desde cuándo llueve sobre mis manos? ¿Qué es esta lluvia sin agua que no deja de caer? ¿Te conozco? ¿Nada tengo?
  Invisible el tiempo que separó mi mano de su mano, mi mano de aquella mano que saludaba aquí mismo y que ya no se si es la misma mano. Quisiera tocar con mi dedo las líneas de aquella mano diminuta, recorrer lánguidamente los pequeños cauces de lluvia, cálida y tenue, de primavera. Me gustaría por un momento ser él. Y estar aquí de pie. Si pudiera.

gota tras gota
el agua del charco
más amarilla

四十九 shijuuku

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     Es sólo un instante, siempre, sólo uno. Este. Contemplo la sombra que ondula sobre la corriente que fluye. Mi sombra que contempla. Siento la presión del agua en mis piernas, su frío a través de las botas de goma. Levanto la caña con mi mano derecha, con mi mano izquierda saco línea del carrete. Un movimiento de muñeca y el señuelo, una mosca seca hecha de retazos de plumas, se eleva en el aire y deja el agua entre gotas que caen, que brillan. Destellos que casi  son aire y el hilo rasga el aire. Lo escucho al sobrevolar mi cabeza. Por un momento siento en mi piel gotas de un agua que ni siquiera veo, agua o aire, o luz. Uno, dos, tres… mi muñeca, mi antebrazo, mueven la ligera caña adelante y atrás, la línea se extiende cada vez más allá, sobre el río, hasta que la dejo caer nuevamente sobre su superficie. Mi mano izquierda sostiene la línea mojada por este agua de río que me envuelve. El señuelo flota sobre la corriente entre destellos del sol, se acerca a mí, atraviesa la sombra que ondula, que contempla, mi sombra.

      Contemplo ahora ese preciso instante
en que hasta Buda ha enmudecido de asombro,
      todo gira rítmicamente,
     me poso en  la llanura de la nada.
                                                                     Tetto Giko

     Es sólo un instante, el sol entre las hojas nuevas, el pinzón que atrapa un insecto en el aire, la gota de agua que resbala entre mis dedos. Un cangrejo señal camina parsimonioso sobre el fondo de grava. El agua es tan cristalina que le veo pasar junto a mí manteniendo sus pinzas erectas frente a él, como abrazando el agua. Y las chicharras no dejan de cantar. Y el viento entre las hojas, este viento que trae y lleva luz sobre mi rostro. Este viento que llega hasta el recodo más profundo de mi alma que fluye aquí, ahora, y sabe a río justo al otro lado de mi piel.
     Sólo un instante en las alas del abejaruco. Un batir, dos, y planea y planea con sus alas puntiagudas como una pequeña cometa de colores en este aire de atardecer, en este aire tibio. Este aire… entre los juncos y las espadañas… entre mi cabello… Qué contemplarán las ranas, ahí sentadas, con sus ojos abiertos, siempre, esos ojazos, saltones como sus pies. En la orilla, junto a los juncos que se mecen, como niñas serias sentadas sobre el suelo, ¿me contemplarán a mí?

despacio, despacio
se aleja de la orilla
el junco roto


     Oh, este instante, que pasa y se arremolina junto a mí, como el río entre mis pies. Su presión, su frío. Este atardecer que cae sobre mí y todos los seres que junto a mí están aquí. Cada cosa que hay aquí, animal o planta, o piedra, sonido o sombra y eco, pisada o trazo en el aire y agua y su rumor, y el rumor de su rumor… todo, es nada ahora… Este instante en el que está todo y no hay partes.
    Una culebra traza eses mientras nada hacia la orilla. Justo delante de mí sale del agua entre las hierbas de la ribera. Se detiene. Me agacho y toco su piel marrón. Es áspera. Áspera. Su piel… Desaparece entre la hierba como una duda.

    Enmudezco de asombro.
    Este preciso instante. ¿Desde cuándo este preciso instante resuena en el fondo de mi alma?

    Son los murciélagos. Rozan el agua a mi alrededor. Sus chillidos agudísimos penetran la brisa entre el bosque y el río.  Es la noche que ha caído aquí y nos ha hecho río y aire y alma, oscuros y llenos de ecos y sonidos. 
    Los grillos, las ranas, los murciélagos, las mil criaturas que gritan y callan en esta noche que brilla. Y el río calla.
Contemplo ahora la sombra del mundo que ondula en mí, en este yo que fluye y no es mío. El áspero destello de la nada.

de pronto la noche,
el río y su murmullo
se desvanecen

一筋の光 hitosuji no hikari

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Recuerdo
San Juan de Ortega apareciendo diminuto al pie de las colinas. El camino
serpenteando suavemente, dejándose caer hasta los pocos tejados rojizos que
aparecen aún lejanos entre los árboles.
       Recuerdo
caminar junto a Masuhiro por el altiplano de los Montes de Oca, rodeados de
pinos, contemplar nuestras sombras precediendo nuestros pasos, y reír. Dos
peregrinos, dos caminares que se acompasan.

No
hace un año de aquello y ya parece que sólo lo soñé.
       A
veces el mundo parece girar más deprisa y son meses los años y los recuerdos
lluvia entre la hierba. No se sabe muy bien por qué, de pronto, es ahora y no
era antes, esa nube se hace agua y el agua lluvia. Esa nube que ni siquiera nos
avisó de su presencia.

 Recuerdo
nuestra charla que iba y venía como el viento de junio entre los pinos. El
camino era cómodo y caminábamos animadamente, sin sentir apenas el peso de las
mochilas sobre la espalda, de los kilómetros en los pies. Charlábamos de
literatura japonesa, lo recuerdo bien, porque los grillos y las chicharras no
dejaban de cantar entre la hierba. Algunos, los más cercanos al camino
interrumpían su canto al sentir nuestros pasos y luego volvían a reanudarlo. Y
su canto y nuestros pasos se iban alejando… Lo recuerdo bien porque las
alondras trinaban en el aire, remontando el vuelo y dejándose caer, como el
juguete de un niño. Y recuerdo que me gustó su nombre en japonés: “hibari”.

A
veces, lejos de allí, lejos de entonces, cuando oigo el canto de los grillos y
las chicharras entre la hierba me acerco sigiloso, como un gato que caza, como
un niño que juega, hasta que su canto cesa y yo detengo mis pasos. Y me
mantengo así, inmóvil, como de muestra, hasta que su canto retorna y yo me voy,
alejando mi sonrisa de su canto.

 Recuerdo
las hierbas altas que crecían a lo largo del camino, tan similares a la “susuki”,
la hierba flotante de tantos poemas clásicos japoneses. Ah… cómo recuerdo
aquellas hierbas blanquecinas y altas que el viento movía produciendo olas
cambiantes de color, de brillo. El viento entre mi pelo, refrescando mi piel, deslizándose
entre mis manos abiertas. Y recuerdo nuestro silencio repentino, cuando
avistamos por fin los tejados de San Juan de Ortega, allá abajo, entre los
árboles, más allá de los campos de cereal. Nuestro silencio.

 
      canta una alondra,
       la sombra de las nubes
      sobre el Camino

 

Frente
al albergue, tumbado sobre la hierba, descanso. Al lado está la iglesia del
famoso “milagro de la luz” en el capitel de la anunciación. El agua de la
fuente, la sombra de los árboles, la brisa suave que sisea entre las hojas…

Y
de pronto una música, apenas brisa entre la brisa al principio, pero sí, música
de órgano… Viene de la iglesia. Me acerco despacio, la puerta está abierta,
entro, el frescor de una luz tenue me envuelve al instante. Un viejecito
encorvado sobre el teclado parece improvisar. Parece que no se ha dado cuenta
de mi presencia. Estoy ahí de pie, sólo, apenas visible tras una columna, no
quiero interrumpirle. Y entonces comienza a interpretar a J. S. Bach, la
cantata “Jesús, alegría de los hombres”. Me siento despacio sobre un banco. Las
notas ascienden en volutas hasta la bóveda de piedra y de allí vuelven a caer en
guirnaldas de hojas hasta las losas del suelo, cierro los ojos y las notas ascienden
y descienden una y otra vez como el vuelo de una alondra invisible que juguetea
sobre el coro y se enrosca en los capiteles, en los fustes de las columnas,
entre mis dedos que asen aire translúcido. Como llamados asisten los trinos de
los pájaros que llegan desde afuera y esa música que ya no es música ni trino
ilumina los arcos y el aire, y devuelva a la vida a las piedras. Se expande, se
mueve, palpita…
       Cuando
la música termina todavía siento dentro de mí una emoción tan intensa que casi
no puedo respirar…
   

Fuera,
de nuevo tumbado sobre la hierba, mis dedos se mueven por encima de mi cara
jugueteando con el sol, intentando asir algo que no se puede asir, dirigiendo
una música que no se puede escuchar. Pienso en escribir algo, un haiku, aunque
sé que no lograré escribirlo nunca. Recuerdo a Basho y su "Matsushima ah, ah…
Matsushima…" Sigo entrelazando mis dedos con los rayos de sol…

Las
campanas llaman a misa. Dos mujerucas del pueblo, tres peregrinos extranjeros
entran a la iglesia. Entro de nuevo. El cura resulta ser el organista que
escuché hace un rato. Ahora, viejecito y de pie, parece aún más frágil. Le
falla la vista y las lecturas resultan ser casi ininteligibles. Se acerca la Biblia
a la vista, se la vuelve a alejar, pero nada, no puede leer salvo frases
entrecortadas. Los trinos de los pájaros entraban de nuevo en la iglesia,
limpios, luminosos… y mi corazón… mi triste corazón….

En
el albergue, el párroco ofrecía una sopa de ajo para los pocos peregrinos que
allí estábamos. El buen hombre insistía en que repitiéramos. Se escucharon
retazos de la receta en varias lenguas… Después ayudé a recoger la mesa, a
guardar los platos, las cazuelas. Quería acercarme a él para charlar un poco.
José María me dijo que se llamaba. Le estreché la mano, cálida, delgada, y le
felicité por su música. “Música no, sólo hago ruido”. No es ruido, no es ruido…
le dije yo. Él bajó sus ojos de niño tímido y sonrió.

 

Esta
mañana, de pronto, escuchando la radio, me enteré de la muerte hace unos días
de José María, el párroco de San Juan de Ortega. Algo en mí se quedó quieto
para siempre. Algo, de nuevo otra vez, que se rompe y se deshace sin susurrar
siquiera…


Recuerdo
aquel atardecer, sí, apenas hace un año, sueño de siglos ya, sí, lo recuerdo
porque los vencejos zigzagueaban en el cielo que se hacía noche como queriendo enhebrar
la tarde que se iba. Masuhiro y yo charlábamos y charlábamos, sin prisa,
queriendo detener también aquel día con nuestras palabras. Yo le explicaba la
diferencia entre espadaña y campanario, esto y aquello, y cuando los chillidos
de los vencejos casi rozaban nuestras cabezas nos quedábamos quietos y  mudos, y los contemplábamos siguiéndolos con
nuestra mirada.

Recuerdo
aquel atardecer porque la luna y venus brillaban en el cielo sereno con la última
luz de la tarde, y entonces me llamó mi padre al móvil, y yo le conté que había
conocido a un hombre, también muy mayor, pero que tocaba música
maravillosamente, que tenía magia en sus manos y tenía luz en sus ojos… y que
yo… yo…

Ah…
cómo recuerdo aquella luz de la tarde que se resistía a perderse en la noche y
nosotros contemplábamos… y sin embargo algo dentro de mí ya sabía entonces que
una nube, en alguna parte, sin avisar, ya se estaba convirtiendo en agua, y el
agua en lluvia….

 
silencio del aire
y en el frío de la piedra

un rayo de luz

 

行雲流水 kounryusui

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  Nubes y escampadas, alborada y crepúsculo,
se renuevan sin cesar

    Ya he hecho entrega de mi cuerpo al vacío.

      En
su vagar sin intención

 Las
nubes blancas se asemejan al hombre que las contempla.

Su
Dongpo

 

臘八 Rōhatsu

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Y
rayando el alba, justo antes del amanecer, un hombre despertó.

Ronquidos,
demasiada luz… poco dormir… no importa. El sonido de la lluvia, esa oscuridad
ahí fuera… Este mundo que gira más allá de mis párpados que se cierran, que
se cierran y se abren, y se cierran. Y la oscuridad. Y viene y va el sueño
cargado de sueños.

  – ¿Cómo lanzarías con la mano una
piedra a más de cinco mil metros?
         – Abriendo la mano. Dejándola caer
hasta el fondo del mar.

 Me he despertado antes de las seis así que me
he levantado sin sueño. El sonido de una campana recorre el zendo. Su tintineo
fugaz y unos pasos ligeros. El sonido del movimiento es un silencio. Un
silencio que recoge, se viste, dobla, guarda…

Tras
el primer zazen de la mañana camino al desayuno. Aún es de noche. Me detengo en
el mirador que une el zendo con las cocinas. En el jardín japonés unas huellas pequeñas
recorren el océano de grava blanca entre isla e isla de roca. ¿Qué criatura dejó sus pasos leves bajo la luz de la luna?
¿Quién caminó en silencio esta noche, mientras todos dormíamos?

Samu
recogiendo hojas. Sólo el sonido de los cepillos y los rastrillos.
       Hojas
de chopo, de serbal y alguna flor de romero. Las hojas de chopo caídas sobre
las plantas de romero, aunque muertas, huelen a romero. Ese olor…

En
pleno día, la luna llena. Miro. Camino unos pasos… y me vuelvo a mirar.

Teisho
del Mumonkan. Las puertas del dharma. Hasta que no haya puertas donde nunca las
hubo.
       “Si
no atraviesas la barrera y no detienes tu manera de pensar, entonces serás como
un fantasma aferrándose a los arbustos y malas hierbas.”
       Paseo
después de la cena. Pienso y no pienso. Las malas hierbas y los arbustos, las
arenas movedizas y la roca… camino. Hace frío y los perros aúllan, se
lamentan sobre el ocaso. Parecen lobos desterrados de lo salvaje. La luna se
intuye entre las nubes, pero no se ve. Y el viento aquí, como un fantasma que
se aferra.
 

Por
la noche echo de menos el canto de los grillos veraniegos. He dormido mejor.
Más cansado.
       El
samu quitando grama. Me duele la espalda. El sonido de las raíces cuando se
rompen bajo la tierra. Qué sonido, allá abajo, bajo la tierra, al otro lado de
la luz. Y las lombrices, apareciendo en silencio.
      Comienza
a llover, suavemente, y la tierra se hace barro. Las botas de agua con esta
tierra que se aferra pesan como plomo sobre mis pasos. Dejamos el trabajo.
Llueve. No deja de llover.

El
koan mu de Joshu y el comentario de Mumon Ekai durante el teisho.
       “Tú
lo sabes, pero sólo para ti, como un mudo que ha tenido un sueño.
       Luego,
de pronto, una conversión explosiva ocurrirá. Entonces  asombraras al cielo y harás temblar la
tierra.”
       Cuando
más oscura es la noche, más cercana está el alba. Lo sé.

Al
cerrar la puerta de mi taquilla he roto un fleje de la mochila. Falta de
atención, rabia.
       Todo
el día sin ver el sol. La niebla se ha ido echando por la tarde y ahora las
montañas, las torres del pueblo, los árboles, van desapareciendo poco a poco.
Ahora nada, sólo blancura de nube, de agua y aire. Pienso en las lombrices
apareciendo desde la tierra húmeda, en silencio.

 
       Seis
de la mañana. Al recoger el futón siento calor en mis pies descalzos sobre el
tatami. Sólo un instante me detengo sobre el calor.
       Antes
de sonar el gong llamando al desayuno el olor a café llega al zendo. Sobrevuela
tenue a mi alrededor y desaparece.
       El
sonido del carillón que cuelga junto a la puerta de la biblioteca lo trae el
viento. Y el viento se lo lleva, y ahora sólo el viento y su rumor.

Llueve.
En el samu sacando brotes a las patatas y cascando nueces. El crujido húmedo de
los brotes, el seco crujido de las nueces y mi silencio.

En
el teisho con Hyakujo y su templo pobre en la roca. Trabajo y comida. Y el zen
del zorro.
       “¿Quién
eres?” “No soy un ser humano. Pero lo fui.”
       Y
yo… ¿cuál es el lenguaje que habla la lluvia que empapa la tierra ahí fuera?
Sólo cae, sin más. Qué eres, qué fuiste. A qué otros mojaste antes que a mí
¿cuál es el lenguaje de mi alma que no habla mi boca?

 En el teisho se continúa con la abuela de la
sanga de Hakuin. Lágrimas y el reflejo de la luz de la luna.
        ¿De verdad existe el dolor sin desesperación?
¿De verdad se puede sobrevivir al dolor sin que el espíritu se quebrante?
        Ocho
de diciembre. Buda despertó antes del amanecer, rayando el alba… La
inmaculada concepción de María…
        ¿Dónde
está esa fe? ¿Por qué yo no la veo?
        Al incorporarme siento la tibieza del tatami en la punta de mis dedos… fantasma que se aferra…

Tras
el han la maestra habla sobre una semilla. Su tiempo para germinar, su tiempo
para crecer, para florecer, para madurar… Aunque a veces parezca que no pasa
nada…
       Saludo
en gassho. Sigue en mis manos el olor a tierra de las patatas.


       Samu quitando grama. Pobre espalda.
El sol de diciembre siempre es agradable.
       El
teisho sobre el tercer caso del Mumonkan. El ermitaño Gutei, su ayudante,
Tenryu… A veces, por no saber qué decir se nos derrumba el mundo, nuestro
mundo. A veces basta levantar el índice en silencio. Y comprender.
       “Partir
en dos el Monte Kasan para dejar que el Río Amarillo corriera”
       ¿Es
necesario que todo se derrumbe para comprender? Todo, salvo lo que nunca se
derrumba.

Espero
en el zendo al segundo turno de la comida. Coloco mis pies descalzos en un haz
de luz del sol, sobre el tatami. Se mueve la luz con su calor sobre mi piel,
muy lentamente, no lo ven mis ojos pero lo siente mi piel. Ahora aquí al sol y
ahí en sombra y sombra aquí ahora y ahí sol. A veces muevo un poco los pies,
buscando esa luz que se va. Sentado en el suelo del zendo, calentando mis pies
entre nube y nube pienso en el sol, allí lejos, un sol que no es de diciembre ni
de invierno o verano. La luz que sólo está, siempre, y hasta aquí viene, a mis
pies.

 “¿Por qué languideces en tierra extraña? ¿Por
qué te contaminó la muerte? Has abandonado la fuente de la sabiduría. Si
hubieras caminado por su senda… habitarías en perpetua paz” Las palabras de
Baruk como viento que viene y mueve arena. “Aprende dónde está la fortaleza,
dónde la inteligencia, para que a la vez conozcas dónde está la longevidad,
dónde la luz de los ojos y la paz.” El viento, ahí fuera, baja por la ladera y
roza sin rozar el zendo. Trae la noche. ¿De verdad se allanarán montañas y
valles para que podamos pasar?  …como río que fluye…

Última
noche del sesshin. Después de tomar el té de la noche salgo a yaza. Qué fría
esta noche y qué peso sobre mi alma. El viento, el canto de la lechuza, la
luna… se hacen nada en mi respiración. Late mi corazón, gime, lo oigo en las hojas
secas que se mueven en la oscuridad, muertas sobre el viento. Grita en esta
noche grande, sin puertas, que abre su mano y me deja caer, hasta el fondo,
hasta el fondo de mi alma. Grita y el eco le devuelve silencio, él siempre
guarda silencio. Parece que no pasa nada…

Como
hierba que crece, más allá de la razón, más fuerte que la tierra oscura, es su
tendencia a la luz. Así mi alma, así todos nosotros. Tan natural como la brizna
de hierba que intuye el alba, su luz tenue.

       Efímero
es el latir de mi corazón, lo sé. La luna que calla, el canto de la lechuza que
hilvana la oscuridad, el viento que susurra viento… mi respiración y su lento
vaivén, océano sin mar… ¿compartimos la eternidad en este instante?
nosotros, tan fugaces ¿participamos de ella ahora, aquí?
       La
paz, la luz de los ojos…  ¿estás aquí, despierta
junto a mí?

la luna al alba,
en el jardín de grava
pequeñas huellas

葡萄畑の中を通って

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Mil
veces se ha dicho que estamos de paso en la tierra y no somos otra cosa que el
viandante que busca un paraíso que aquí es imposible alcanzar. Aquel hombre que
iba en busca de Santiago aspiraba a un finis terrae en el que el cuerpo se
liberaba del pecado para conseguir la salvación que estaba más allá de los
límites del mundo, pues para ello se ha desasido de bienes terrenales y no
cuenta sino con el cayado, símbolo de su despojo.

 

No recuerdo dónde leí esas palabras que me
rondan. No recuerdo cuándo, quién era yo entonces, antes de caminar y no
pensar. Antes de pasar sin nostalgia sobre los campos, entre la gente y las
espigas, más allá de la inquietud.

Son mis pasos y sus ecos el sonido del
camino. A veces una alondra traza en el aire su trino que asciende y desciende.
Levanto la vista pero sólo en mis oídos vuela esta alondra que se desprende de
las nubes.

No hay viento, la mañana es luminosa y el
camino serpentea perezoso entre los campos llenos de vides. Camina mi sombra
frente a mí alargándose en esta hora temprana, como si quisiera alcanzar antes
que yo mismo las suaves lomas, el amplio el horizonte.

Mis pasos, el canto de la alondra, el
silencio y su eco es el sonido de mi camino. Algún peregrino, allá, lejos,
solitario también. Sólo una mancha silenciosa que aparece y desaparece entre
las viñas. Ahora sí, ahora no. El peregrino y su camino. Su silencio y mi
silencio.

 

Y ahora unos pasos ligeros, trote que no
toca el suelo, pies descalzos, tis tis tis, que me siguen y se acercan y se
paran y me siguen. Vuelvo la mirada y la mirada de un perro se detiene de
soslayo a mi espalda. Sé que duda entre permanecer quieto o huir. Palabras
tontas, de esas que se dicen a los perros y a los niños, ademán de acercarme y
él se retira unos pasos.

Continúo mi camino. No vuelvo la vista atrás
aunque me gustaría. Tis tis tis…. sonrío.

A veces le siento muy cerca, la sombra de su
sombra casi me roza por mi izquierda… cuando giro la cabeza hacía allí ya no
está. Ahora aparece por mi derecha… Es como el escondite. Es su juego pero yo
sé dónde se esconde.

Aminoro la marcha a propósito.  Me gustaría volver la vista atrás pero no lo
la vuelvo. Tis tis tis… sus pies ligeros aflojan su trotillo, percibo cómo
dudan sus pasos descalzos…

La sombra de su sombra, su sombra, su cuerpo
flaco, tis tis tis,  me rebasa trotando y
ahora camina por delante de mí. Es un podenco de color canela con las orejillas
despiertas y poca carne en las costillas. Parece joven.

 

No oigo los pasos de las nubes sobre la
campiña. Pocas, sólo jirones, en esta mañana clara, limpia. El sol poco a poco
comienza a calentar. Siento la tibieza de su calor deslizarse sobre la piel de
mi cuello, entre el sombrero y la mochila.

¿Desde dónde llega esta serenidad? ¿Siempre
estuvo en mí? Si es así por qué antes no la veía. ¿De qué es el eco? ¿El eco de
qué pasos? Quién camina a mi lado a pesar de mi torpeza, de mi ceguera.
Serenidad, eso es todo. Sólo eso.

 

Sé que duda. ¿Volverá la vista? La sombra de
mi sombra acecha sus pasos por la izquierda y cuando creo que va a girarse
cambio de dirección y aprieto el paso hacia su derecha. Es mi juego.

Y me paro. Tis tis tis continúa caminando. Parece
que vuelve la vista, remolonea sobre el camino, se aparta de él, desaparece
tras unos arbustos…  Camino de nuevo.
Camino despacio, remoloneando, y allí está. Sentado al borde del camino, a la
sombra. Mira distraído hacia algún lugar más allá del camino, del horizonte.
Quizá mis pasos ligeros, quizá… quién sabe. Vuelve su mirada y mi mirada
contempla de soslayo su figura escuálida, su mirada más allá de la inquietud,
mientras paso junto a él y sigo el camino.

Volvería la vista atrás, me gustaría. Dudo.
Pero no la vuelvo. Mis pasos y el eco mis pasos son el sonido de mi camino. Mis
pasos y su silencio.

Adiós, hasta la vista, peregrino.

 

sólo caminar,

junto al perro sin dueño

entre las viñas